lunes, 13 de marzo de 2017

EL MAL DEBATE


               Uno de los fenómenos televisivos considerado como símbolo y emblema de la generación que vivió la transición española, fue el programa La Clave, dirigido y presentado por el extraordinario periodista José Luis Balbín. Se emitió entre los años 1976 y 1985, con alguna interrupción y unas cuantas censuras. En cierto modo, fue el espejo donde se miró aquella incipiente democracia y donde vio reflejado su ideal de sociedad y su aspiración a la convivencia pacífica. Para los que no llegaron a conocerlo, era un espacio dividido en dos partes: una película de gran calidad, relacionada con el tema que cada día se trataba, seguida de un largo debate entre personas con opiniones, trayectorias, dedicaciones… muy diversas, incluso opuestas, en relación con la cuestión elegida. Podríamos también denominarlo tertulia o coloquio, puesto que no se trataba de llegar a un acuerdo final, sino solo de exponer libremente las ideas y convicciones de cada uno, de mostrar diferentes enfoques y apoyos argumentales, de calibrar los efectos y consecuencias de diversos modos de pensar y actuar, etc. El diálogo se desarrollaba en un ambiente sosegado (incluso la iluminación era conscientemente relajante), de mutuo respeto y extrema delicadeza; es decir, lo más lejano a una enfurecida batalla por salir vencedor de… nada, porque allí no se ventilaba ninguna victoria ni derrota dialéctica ni supremacía ideológica, estética, etc. Me acuerdo especialmente de dos: uno, en el que realizó una extensa y pormenorizada declaración R. Serrano Súñer, y otro, en el que, creo que por primera vez en televisión, participaba Santiago Carrillo.   
           Todo lo contrario es lo que contemplamos ahora, con más frecuencia de la deseada y deseable, en bastantes de las discusiones que las diversas cadenas de televisión nos ofrecen. En unos programas concebidos como espectáculos ante un público ávido de tarascadas y fieros mordiscos, gritos y duros golpes…, acostumbrado como está a disfrutar de emociones fuertes, se agreden con virulencia muchos políticos, bastantes periodistas, artistas y personajes públicos, así como gente cuyo único oficio es el de mero tertuliano violento, o sea, profesional del género. Sus comportamientos no solo enjugan la sed de pelea de muchos espectadores (“entretienen mientras se emiten”), sino que surten de contenido gratuito a espacios posteriores, en los que el tema es el comentario de tales combates (“sigue entreteniendo durante semanas”). Comentario frecuentemente laudatorio, donde se ensalza la capacidad de los protagonistas para escarnecer y vilipendiar (“machacar”) al contrario como principal recurso. Y como exclusivo fin. De camino, se endiosa a los actuantes y se ahonda en la deformación de la estimativa del “gran” público.
               En el plano formal, uno de los secretos del éxito de un debate o coloquio está en el respeto a los turnos de palabra, o sea, en la ausencia de interrupciones. Cortar una exposición es lo mismo que destruirla, por aquello de que “argumento partido, argumento perdido”. Los que dedicábamos tiempo y esfuerzo en nuestras clases de Lengua a habituar a los alumnos a intervenir en coloquios y debates insistíamos en este punto y en inculcar el autocontrol cuando se les ocurría contestar en medio de una intervención ajena y a hablar cuando les tocara. Muchas veces afirmaban que entonces ya no valía la pena, era demasiado tarde, su réplica se devaluaba. En mi caso, trataba de inculcarles el valor y la utilidad de la “respuesta aplazada”, precedida de un resumen de aquello contra lo que se fuera a opinar y argumentar. Recuerdo que una profesora de Secundaria, asistente a un curso sobre esta materia, confesó  -para sorpresa de muchos, entre ellos un servidor-  que los debates así, tan ordenados, le parecían muy aburridos.
               Bastantes debates de hoy, tal vez con la orientación “lúdica” de la citada profesora o incluso persiguiendo un fin aún peor, sobrepasan la línea del respeto a la palabra de los demás, no ya interrumpiéndolos, sino aplicando un instrumento aún más perverso, como es la superposición de turno. Es decir, hablar mientras otro participante está en el uso de la palabra.  Me refiero no al mero corte puntual, más o menos espontáneo, no calculado, sino al propósito intencionado de silenciar al contrario, tapando su exposición con otra, dicha generalmente a más volumen. Junto con la descalificación como principal   -casi única-  arma, creo que supone la adulteración y perversión extrema de la discusión como medio de confrontar ideas y poner a prueba los argumentos, la ausencia total de respeto a las ideas de los demás y, por ende, a su misma persona. No importa que el público o los espectadores no se enteren de nada, mejor dicho, lo que importa es que no se enteren de nada y tan solo fijen su atención en que tal o cual tertuliano sobresale entre los demás porque controla el curso del diálogo, anulando y ofendiendo al resto. Naturalmente, no todos los componentes de los auditorios de debates así extraen, por suerte, las mismas conclusiones. Hay programas de determinadas cadenas de televisión que son auténticos modelos en el uso de la endiablada técnica que he descrito y, dado que llegan a mucha gente, se constituyen en modelos infectos y corrosivos. Se emiten otros, la verdad sea dicha, que recuerdan bastante a aquellas formas y actitudes de La clave, tan añoradas. Espero que no les resulten aburridos a demasiados televidentes.




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