miércoles, 21 de diciembre de 2011

REGALO DE NAVIDAD


Me quedo con la faceta obsequiadora de la Navidad y os deseo los mejores regalos. Por mi parte, voy a cumplir con este presente literario, debido a una extraordinaria escritora americana en castellano. Creo que viene a pelo en mi blog, dedicado a las palabras. Aparte, ¿no puede ser una cosa bastante sana pensar de vez en cuando en las musarañas? Un cálido abrazo.


MUSARAÑEANDO
          Hoy vi una  musaraña. Pienso a menudo en las musarañas. Pero hoy incluso estudié una musaraña. Pobrecita mía, es un animal chiquito, gris, con el morro demasiado largo en proporción a su cuerpo. No es bonita la musaraña. ¿Por qué, entonces, tiene un nombre bonito, unos significados casi místicos, románticos? Quizás antiguamente fuera un animal doméstico, cariñoso. ¿Será porque es el más pequeño de los mamíferos? La que yo vi estaba muerta, un poco más grande que el dedo pulgar. Un ratoncito, pensé. Pero, cuando me acerqué, vi que no, que tenía la cara alargada y me acordé de haber mirado la palabra en un diccionario ilustrado hace años. Sí, vi una musaraña. Intentaré volver a olvidar su aspecto y pensar en la belleza de su nombre. Intentaré pensar en las musarañas más a menudo.

                                                                    Sharon E. Smith, Dicho sea de paso

martes, 13 de diciembre de 2011

DIME CÓMO LO OYES Y...


               La gente habla de la forma que mejor sabe y puede en cada ocasión. No conozco a nadie que se exprese incorrecta o inadecuadamente aposta. Todo el mundo acude a las palabras y giros que cuadran, en su opinión, con lo que quiere manifestar, con el objetivo que persigue y con las condiciones en que se desarrolla el acto comunicativo. Para lo que quiero exponer, doy este principio (que también podría aplicarse a la escritura) por cierto. ¿Cómo se explicaría, entonces, que, no pocas veces, bastantes personas pronuncien palabras de forma incorrecta, usen términos impropios, construyan erróneamente las frases, etc., etc.?


               La ignorancia, eso es lo que lleva a hacer las cosas mal, creyendo que se hacen bien. Ejemplos al canto. Hay quien dice “Fairola”, en vez de “Fuengirola”, sin ningún cargo de conciencia toponímico. Y quien, tragándose una sílaba de “probabilidad”, la deja en “probalidad”. Y quien, arrogándose inconsciente el poder de alterar el léxico, habla de “zurraspas”, incrementando el auténtico “zurrapas”. Y quien se aplica gasa y “esparatrapo”, en lugar de “esparadrapo”. Y quien conjuga “dicieron” por “dijeron”, “quedré” por “querré” e incluso “hadré” por “haré”. En un colegio, una de las madres de alumno se refería a los niños que no iban a ir a una excursión con sus compañeros porque tenían varios “aperseguimientos”, o sea, “apercibimientos”, entendidos, digo yo, como actos de “persecución” de la mala conducta. Y un estudiante alababa la sociabilidad de mi perrita y la piropeaba diciéndole que era muy “cariñoja”.

               Los mecanismos fonéticos, gramaticales y léxico-semánticos que operan en estas mutaciones son diversos, desde la ultracorrección o la etimología popular a la simple deformación de las secuencias sonoras sin una base lingüística especial. De eso ya se ha tratado en este blog y en otros muchos lugares dedicados a la materia. Hoy quiero referirme en concreto a la ignorancia.

               Consiste en no saber pronunciar “bien” una palabra o en suprimir (menos comúnmente, añadir) sílabas enteras, según se observa en la mayoría de los ejemplos citados. Tal desconocimiento proviene casi siempre de una percepción auditiva errónea, o sea, de oír los vocablos de una manera distinta a como salen de la boca de quien los pronuncia como debe, para reproducirlos a continuación exactamente como se han creído oír. Por mil motivos, quien se expresa oralmente no siempre vocaliza como un buen locutor  o un buen actor, y su discurso llega al oyente con mayor o menor “ruido” y desnaturalizado por toda suerte de interferencias.

               Estos inconvenientes en la transmisión, absolutamente normales y esperables, se compensan por lo general con la escritura, donde, salvo excepciones, las palabras se reproducen intactas (hago caso omiso estratégico de los dialectos más o menos lejanos de la fonética que representa la escritura).  Pero, y aquí está el auténtico problema, no todo el mundo accede a la lengua escrita con la intensidad y frecuencia necesarias, y tampoco recurre a la consulta de diccionarios o enciclopedias. No importa que hayamos alcanzado en España y en el mundo “civilizado” el cien  por cien de la escolarización. Cantidad de niños concluyen la escolaridad y abandonan ya el trato con la lectura y la escritura: a partir de ahí ya todo es oral y auditivo. Porque en el ordenador tampoco se lee y lo que se escribe es pura lengua hablada transcrita, o incluso menos.

               El nacimiento de los dialectos y, de ellos, las lenguas, a partir de otra anterior, se debe a la ignorancia a la que me vengo refiriendo. En los siglos medievales, el latín vulgar (hablado) en España se fragmentó y dio origen a modalidades lingüísticas, algunas de las cuales hoy son idiomas nacionales o regionales, gracias al carácter ágrafo de la “cultura” de la mayoría de la población, que aprendía tan solo de oído. Así se perpetuaron las singularidades propias de cada región al tratar de reproducir el latín y las “equivocaciones” propias de toda clase de habla.

               Los estudiosos suelen afirmar que hoy resultaría impensable un proceso como el que acabo de describir, porque la presión de la lengua escrita es muy fuerte. No voy a ser yo quien me oponga a los sabios. Sin embargo, hay días en los que le asaltan dudas a uno acerca de si el empuje y el alcance del magisterio lingüístico de la escritura llegan a tanto como se piensa.

sábado, 3 de diciembre de 2011

ÉTICA COMUNICATIVA


               Me temo que los hechos que voy a narrar ocurren con harta frecuencia y que cualquiera de vosotros conocerá alguna variante o incluso habrá participado en situaciones parecidas. Resumo: hace unas semanas, en uno de los blogs que sigo (seguía) y en el que incluyo (incluía) habitualmente mis comentarios, subió el suyo una señora en lengua catalana. El dueño de la página, profesor de Lengua Española en alguna ciudad de la región, le respondió también en catalán. Yo, con todo respeto, le indiqué que me parecía una falta de delicadeza, teniendo en cuenta la diversa procedencia de los lectores y comentaristas, entre los que se incluyen no solo españoles, sino también hispanoamericanos. La concurrencia es, efectivamente, varia y numerosa. El titular del blog me respondió que fue una elección libre de la señora, digna de ser respetada, y que el catalán es una lengua española como otras, que le une a ella un lazo emocional como su segunda lengua que es, etc. Le contesté con una historia de la mili (milicias universitarias, es relevante el dato), en que tres catalanes terminaron por encontrarse aislados porque se empeñaban en utilizar su lengua, incluso en presencia de compañeros que la desconocíamos. La siguiente intervención del bloguero insistía en los mismos términos de la primera, pero con algo más de dureza y contundencia. Incluso se atrevió a aconsejarme que, en aquellos días de la mili, tenía yo que haberme acercado a sus paisanos y haberme interesado (supongo que es eufemismo de “haber aprendido”) el catalán. Desde luego, en ningún momento se excusó. Ante eso, no pude sino sentirme excluido y procedí a despedirme para siempre. 

               La comunicación humana mediante la lengua se rige por unos principios básicos, que toda persona almacena en su inconsciente y que, junto a otros muchos conocimientos lingüísticos, constituyen la llamada competencia comunicativa. Son las reglas de juego esenciales. Los estudios  más recientes reparten dichos principios en dos grupos: el de “cooperación” y el de “cortesía”. El primero asegura el entendimiento y la cabal transferencia de los mensajes que se intercambian los participantes, y el segundo, la buena relación entre ellos y la salvaguarda de la dignidad de cada uno. Por ejemplo, una de las “máximas” de cooperación consiste en “decir la verdad” siempre; otra, en “ser todo lo informativo que sea necesario”. Entre las de cortesía, están la que lleva a usar formas de tratamiento adecuadas (“usted”, “señora”) o a no herir la sensibilidad de aquel a quien nos dirigimos (llamar “tonto” a su hijo Down). La aceptación y aplicación de estos principios constituye no solo un supuesto necesario de la comunicación, sino también un código ético imprescindible.
               Como puede entenderse sin dificultad, cambiar a una lengua que no conocen (todos) los interlocutores en el curso de un acto de comunicación significa infringir no solo el principio de cortesía, sino también el de cooperación. Es decir, las tablas de los mandamientos de la ley comunicativa. Pero hay más. Los citados principios, de los que siempre predomina el de cortesía, no se pueden (deben) vulnerar y, si el hablante lo hace sin explicación alguna, este hecho produce una especie de mensaje implícito, al que se denomina técnicamente implicatura.
               La conclusión en relación con lo sucedido en el blog al que me refiero está clara: el comportamiento, carente de toda ética comunicativa, de la señora y el caballero que echaron mano de su lengua, extraña a muchos de los demás visitantes, valió como (“implicó”) una ofensa, un menosprecio, un deseo de ignorar, expulsar a los que no éramos catalanohablantes. Alguien a quien comenté la experiencia, que sinceramente me produjo bastante desazón, dijo que, por cosas como estas, a veces no sentimos la estima que de suyo se merece la lengua de Joan Maragall o Lluis Llach, entre otros eximios usuarios. 

miércoles, 30 de noviembre de 2011

LA IMAGINACIÓN


 Reproduzco hoy un nuevo texto de mi sobrino Felipe, que ha escrito como trabajo de clase. Creo que merece la pena.
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         La imaginación es como una especie de don que tenemos todas las personas, o al

menos eso creo. En la imaginación puede pasar cualquier cosa, desde una invasión de

extraterrestres o incluso un amigo imaginario; a veces se usa para reirnos, pasarlo

bien ,viajar a mundos no existentes....

     Es una especie de pensamiento positivo o de sistema de..., bueno, de exploración.
          



      La imaginación puede adoptar formas de paisajes, personajes, expresiones,

movimientos...o a veces se ve como en un dibujo o no se ve cuando te imaginas todas

las imágenes de un relato.

  Una pregnta: ¿ crees en mundos, personajes y muchas cosas paralelas? Busca en tu imaginación...

Posdata:Señorita o profesor, me gustaría que escribieses la respuesta a la pregunta o al

menos cuestiónatela en tu mente.


FELIPE SÁNCHEZ (10 AÑOS)


lunes, 21 de noviembre de 2011

HOY NO TOCA... DEBERES


               Os juro que ni me hace gracia ni me gusta. Cuando, hace diez o doce años, oí la metáfora en boca de Aznar, que creo fue el primero en utilizarla, ya me produjo dentera. Me refiero a eso de “hoy no toca”, que dice el político de turno si no quiere responder a preguntas de periodistas en ruedas de prensa o similares. El antecesor de Rajoy en el PP no era especialmente remiso a contestar en tales situaciones, al menos no tanto como otros lo han sido después. No recuerdo bien cuál era el asunto que calló; puede que fuese una cuestión no demasiado relevante, como una fecha (¿de un congreso?, ¿de unas elecciones?), un nombre (¿para tal o cual ministerio?) o algo parecido. Se puso, así, en circulación el tropo procedente del lenguaje escolar y, desde entonces, se ha repetido hasta la saciedad. Lo oí mil veces cuando Rubalcaba era portavoz del gobierno, pero podría citar a otros de diferentes partidos, si bien no con la frecuencia del excandidato.
               Otra expresión de similar naturaleza lingüística y cargada de la misma capacidad para irritar a quien esto escribe, es “hacer los deberes”. No alcanzo a situar su nacimiento en un momento preciso ni en una boca pública determinada. Sí puedo decir que se viene nombrando con esa frase, también sacada del ámbito de las aulas, lo que hemos tenido o tendremos que hacer para alcanzar ciertas metas europeas. 

http://www.jerez.es/fileadmin/Image_Archive/PRENSA/Manufoto/Octubre_07/24-10-07/Alcaldesa_en_rueda_de_prensa.jpg
               Supongo que ambas figuras os suenan. No sé si estragan vuestra estimativa lingüística como dañan la mía. ¿Por qué me molestan tanto? ¿Tendrá algo que ver la causa con mi pertenencia al mundo de la educación, durante tantos años, como profesor de Secundaria? ¿Será que advierto una intromisión imperdonable, ahora que tan poco perdón concita la clase política, acusada de enturbiar todo lo que toca? Creo que no. Más bien se trata de que, para mí, el ejercicio de la autoridad profesoral a que ambos enunciados apelan directamente, se torna autoritarismo cuando los dice un ciudadano a los demás ciudadanos dentro del contexto político, aunque sea con sentido figurado.
               Me explico. El maestro o profesor puede y debe marcar lo que en cada momento “toca” realizar a los alumnos, ejerciendo la autoridad que su preparación y su responsabilidad como educador requieren de él. Igual ocurre cuando les señala “deberes” a los niños. Estos tienen que atenerse a lo que “toca” y de efectuar los ejercicios o tareas indicadas. Pero en la vida social adulta, en el ámbito de las relaciones políticas, nadie está investido con una autoridad semejante, puesto que el pueblo tiene derecho a estar informado, a través de los medios de comunicación, siempre, y no cuando un ministro o director o alcalde decide que “toca”. En cuanto a los “deberes”, sabemos que la ley impone obligaciones, prohíbe, dicta, otorga, permite…, pero en un sentido muy distinto y, sobre todo, mediante un procedimiento absolutamente diferente del que sigue el maestro: el procedimiento democrático, que se desarrolla en los órganos e instituciones correspondientes.
               Sé que, en ocasiones, se adoban con una pizca de ironía las frases susodichas. Y, desde luego, que mantienen (aún) su naturaleza metafórica, y no presentan (aún) un sentido recto, literal. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Sin embargo..., confieso que me molestan. Espero no parecer, por ello, demasiado suspicaz. 

domingo, 13 de noviembre de 2011

EMISOR Y EMISARIO








http://es.paperblog.com/perez-reverte-
un-escritorzuelo-con-suerte-117843/

               Se queja Pérez Reverte en uno de sus últimos artículos (http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/645/hablando-mal-y-pronto/) de que la gente lo tenga por un grosero malhablado y que esperen de él un comportamiento acorde con tal prejuicio, cuando se expresa con la boca y no con la tecla. “Me precio  - asegura por el contrario-   de no haber sido grosero nunca […]. Otra cosa es esta página pecadora y semanal, donde el que se expresa no es el arriba firmante, sino un personaje literario, o algo por el estilo, situado a medias entre el novelista que soy, el reportero que fui y el ciudadano de barra de bar inclinado a ajustar cuentas con métodos y expresiones que buscan eficacia”.
               Me parece muy oportuna esta aclaración, y no solo por lo que toca particularmente al popular y conocido novelista, sino como explicación o enseñanza general. En efecto, hay que tener en cuenta que los escritores, salvo contadas ocasiones, nunca se dirigen directamente al público en sus textos, sino a través de un “parlante interpuesto”, que puede guardar cierto parecido o no asemejarse ni en el blanco de los ojos al autor. En el caso de las obras literarias, explícita y nítidamente literarias (cuentos, novelas, poesías, obras de teatro…), el mecanismo está claro y constituye la norma; más borroso es el estatus de otros textos, como los que aparecen en columnas de periódicos o en revistas semanales, del tipo del que comentamos (curiosamente, Millás denomina “articuentos” a escritos suyos publicados en la prensa, deliberadamente ambiguos).
               Desde el Arcipreste de Hita hasta Luis García Montero, pasando por Garcilaso o Darío; desde Cervantes hasta Prada o Zafón, pasando por “Clarín” o Ramón Pérez de Ayala, e
tc., ninguno de estos artistas “habla” en sus narraciones o poemas, según corresponda. Se trata siempre de una voz ajena, aunque parezca la propia. ¿También en la poesía? Sí, como acabo de afirmar: incluso en el caso del poeta más intimista y del poema más teñido de “sangre de corazón” (Rosalía o Cernuda o…), se trata siempre de una simulación, de un individuo con la careta del escritor, de un juego comunicativo. El emisor auténtico de aquel dramático y conmovedor soneto de Lope “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?” o el de tantos y tantos poemas de amor de Petrarca o de Shakespeare..., el emisor, digo, es una especie de “emisario” invisible, conformado por los poetas y enviado por ellos al público para mostrar con sus palabras sentimientos, sensaciones…, también figurados. Suele decirse que uno de los poetas amorosos más grandes de la literatura universal, Quevedo, autor entre otros del celebérrimo “Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra… “, era un rematado y reconocido misógino. Bécquer, por su parte, aconsejaba no coger la pluma cuando las emociones están vivas aún, calientes, sino cuando se apacigua el ánimo y pueden solidificarse en forma de palabras (poéticas), cuando pueden ser re-creadas, o sea, des-autentificadas, y cuando es posible construir un “emisario” lírico con una voz (poética) a la medida de dichas pasiones.  

                Pensar lo contrario ante una obra de creación (nótese: “obra de creación”, no “natural” o “espontánea”) equivale a ser un lector ingenuo. Hay que estar al tanto del artificio textual-comunicativo que encierra el poema o la narración o la comedia. De lo contrario, el camino será equivocado y la meta, errada.
               Pérez Reverte nos viene a dar una lección, pues, al advertirnos que no seamos simples y que entendamos que el inculto y malcriado, el lenguaraz e impertinente no es él, sino una persona de papel (o de plasma de pantalla), su “emisario”, una máscara. Y que nadie busque espectáculo chocarrero cuando se presenta con su propia identidad, la de Arturo. Según afirma, tampoco lo son los “emisarios” (o “narratarios”: se les han dado tantos nombres a estos nuncios o legados) de sus novelas, como efectivamente podemos comprobar. Lección oportuna, dada la naturaleza, un tanto equívoca como he dicho, de este tipo de textos. En el que cito, “Hablando mal y pronto”, se justifica además la presencia de un tipo así como representante o vocero y su desparpajo extremo. Invito a la lectura de la página completa.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

LA EVALUACIÓN DEL DEBATE


               En la noche del pasado día 7 tuvo lugar, por fin, el único debate de la campaña electoral entre los candidatos de los dos grandes partidos políticos españoles.  Existe la costumbre, aquí y en todos los países democráticos, de efectuar una valoración urgente al concluir, entre periodistas, comentaristas, tertulianos…, así como mediante una encuesta rápida, por teléfono, realizada a una muestra de población a cargo de empresas demoscópicas. El objetivo es, sobre todo, obtener una calificación en términos de “vencedor” y “vencido”.  En este caso, parece que el triunfo se ha otorgado a Rajoy por una diferencia clara, aunque no demasiado abultada.
               En mi opinión, esa es una manera de evaluar a los aspirantes excesivamente simple,  demasiado imprecisa, como casi todo lo periodístico. ¿Qué significa vencer? Supongo que consiste en ser más o ser menos que el otro en algo, terminar por encima o por debajo…, pero ¿en qué? Seguro que cada uno de nosotros  tendría una respuesta distinta si le preguntaran. Por supuesto, dicha respuesta se relacionaría con lo que esperara del debate y de los participantes antes de celebrarse.
En teoría, actuaciones como las de anoche deberían servir para que el votante se hiciera una idea más clara, más ajustada, de lo que venden los aspirantes, para así cualificar su voto, y eso es lo que buena parte del público espera. Pero no siempre, casi nunca, coincide con  la intención de los protagonistas; su objetivo es otro, pues la mayoría no aspira a que los entiendan, sino a que los voten. Más aún, puede no coincidir la finalidad respectiva de los que se enfrentan, porque depende mucho de la posición de partida en cuanto a intención de voto del electorado, según se refleja en las encuestas, así como de la pertenencia o no al partido a la sazón gobernante, etc.
               En tal sentido, las circunstancias eran muy desfavorables para Rubalcaba, que cargaba con el lastre de una gestión de su gobierno discutida (incluso condenada) por todos. Rajoy, en cambio, no solo se encontraba libre de esa servidumbre, sino que contaba con el recuerdo colectivo de una buena labor en la etapa de Aznar, sobre todo en materia económica, que ahora se ha convertido en el problema capital. Y, además, con las encuestas de cara, como consecuencia de lo mal que lo ha hecho Zapatero, así como, seguramente, de la forma en que el PP ha llevado la precampaña y la campaña. 


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               En tal situación, Rubalcaba, que no parece aspirar a ganar las elecciones, en la noche del debate (seguido por más de once millones de espectadores), se decantó desde el principio por una estrategia clara: a) no darse por aludido cuando Rajoy recordara los pecados de su gobierno, aún en funciones; b) intentar sacar de su oponente alguna concreción programática (de ahí las continuas preguntas), mejor si iba referida a “recortes” sociales, para elevarla retóricamente a la categoría de principio identitario y descalificar así todo el programa del PP como “antisocial”, tintarlo todo de negro, digamos, a partir de una “mancha” pequeñita, confiando en que al día siguiente los titulares de los periódicos (sobre todo, los amigos) se encargarían de colaborar en esta labor; c) destapar las “verdaderas” intenciones del PP, al margen del programa escrito, o no tan al margen, pues buscó el candidato socialista dos o tres frases un tanto ambiguas que pudieran dar pie a interpretaciones como las suyas (aunque también las contrarias); d) callar en la medida de lo posible su proyecto, sus “soluciones”, temiendo una crítica obvia: ¿por qué no has actuado así en estos años? O no son tan buenas dichas soluciones o eres un cínico por no habértelas guardado para usarlas ahora en tu favor.
               Por su parte, el aspirante conservador, respaldado por las encuestas (y también por la sensación de hastío generalizada y el deseo de cambio, de que “se toque ya el final del partido”) y crecido en su actitud por eso mismo, además de buen conocedor de las añagazas del más que veterano socialista, ahora candidato, pero nunca cándido, jugó su partido: a) aunque sin cebarse, desautorizó en varias ocasiones a quien tenía enfrente, aludiendo (con datos)a las tropelías del gobierno del cual era vicepresidente y portavoz, que nos han llevado al borde del precipicio, con frases duras en su contenido, aunque no tanto de forma (Rajoy no suele ser enfático, no intensifica demasiado…, para bien o para mal); b) advirtió hacia donde apuntaban las balas del enemigo y se cerró en banda, no concedió casi ninguna concreción, no desveló casi ningún detalle, pese a que el otro le arrastraba a hacerlo con tantas preguntas, tendentes también a exasperarlo y sacarlo de sus casillas por lo insistentes; c) exponiendo tan solo el esquema o esqueleto de su proyecto (o sea, lo más fácil de explicar y de entender, e incluso de aceptar sin problema), se propuso dar la sensación de tener un proyecto y proyectar así seguridad, confianza en sí mismo, frente a las improvisaciones, bandazos y contradicciones del los socialistas; d) explicó con meridiana claridad y contundencia, sin señalar matices ni riesgos, sin aludir a posibles fallos en la previsión, etc.,  los fundamentos de su plan, basado en el incremento del empleo como eje y columna fundamental, más que en la intervención del gobierno como motor de la activación y recuperación económica, que es el modelo socialista, “evidentemente fracasado”.
               En síntesis, la meta de Rubalcaba era abrir una brecha y colocar una bomba en la fortaleza del contrario; y la de este, no permitir que eso ocurriera e incluso, si fuera posible, incrementar la protección de dicha fortaleza. Definidas así las intenciones, y tomándolas como criterio, como aspectos de mi particular baremo, estoy ya en posición de evaluar y calificar. Me parece que, como la mayoría de los interrogados han dicho, seguramente de modo intuitivo, Rajoy consiguió lo que quería en un porcentaje superior al de su contrincante. 

lunes, 31 de octubre de 2011

CALIDAD Y CADUCIDAD... HUMANAS




               Las dos palabras que voy a comentar hoy hacen referencia al proceso de debilitamiento que, inexorablemente, sufrimos los vivos. En lo físico y en lo psicológico, la existencia dibuja una especie de ángulo puesto en pie, con una pendiente que asciende y otra que baja. Conforme se va acercando el final, las fuerzas decaen, la lozanía se marchita, el vigor flaquea, la tersura se encoge, la pasión cede…

              Una de esas dos palabras tiene que ver con “calidad”. En el diccionario de la RAE, la define como “
Propiedad o conjunto de propiedades inherentes a algo, que permiten juzgar su valor”. Esta es la primera acepción y las demás derivan de ella. En mi tierra andaluza, el término ha desarrollado una variante, “caliá”. No se trata de una mera forma de pronunciarlo, sino de un vocablo distinto por su forma y significado. En efecto, “caliá” se emplea como ‘vitalidad’, ‘fortaleza’, ‘brío’, ‘energía’… Generalmente se utiliza en contextos negativos, en los que se niegan tales propiedades por efecto de la vejez, la enfermedad, algún factor congénito, etc. Así, “No podrá ni levantarlos, con la poca caliá que tiene…”,  “Está que parece un silbío y sin caliá nInguna ni ná”(apréciese, de paso, el símil con silbido), “¡Qué poca caliá tienes, illo!”. En un blog de la localidad gaditana que se cita, leí lo siguiente: “Hace unos años se puso de moda el “Galicia calidade” con música celestial de Luar na lubre, así que yo reivindico el “Barbate caliá” con la música que cada cual quiera ponerle, pero en absoluta reivindicación de un sitio fantástico y una materia prima en cocina…” (http://bitacoras.com/anotaciones/barbate-calia/19224985). Como es fácil ver, aquí se trata de una traducción literal del término gallego, cuyo significado es el del DRAE, y no el dialectal del vocablo que analizamos. 

               El segundo es un verbo, “caducar”, que en la lengua general indica “Perder eficacia o virtualidad” y similares. En muchos lugares de Andalucía, se ha especializado el gerundio “caucando, en la perífrasis “estar caucando”, para referirse a la situación de las personas que, por su edad, han perdido facultades físicas y mentales. El diccionario académico iguala “caducar” y “chochear” con el significado que posee “caucando”. Lo singular de la variante andaluza es que el verbo “caducar” no aparece con tal sentido y pronunciación nada más que en gerundio y formando parte de la citada perífrasis.  Decimos “caducar” o cualquier otra forma de la conjugación, con la “d” intervocálica íntegra, para hablar de la fecha, cumplida o no, de los alimentos, pero “nos la comemos”, la “d” (paradójicamente), cuando hablamos de ancianos y/o personas muy deteriorados, decrépitos.

               Si mis apreciaciones son ciertas, se da con estas palabras un fenómeno bastante curioso: el dialecto no solo adapta la fonética, sino que también especializa el significado, dando lugar a vocablos que, por tal motivo, deberíamos considerar nuevos y autóctonos. Igual que “cantaor” (no, “cantor” o “cantador”), por ejemplo, que es la denominación del intérprete de flamenco, incluso fuera de Andalucía ya.

lunes, 24 de octubre de 2011

CALCOMANÍA

               Leo en Wikipedia: “Una calcomanía (galicismo de décalcomanie) consiste en una imagen que, mediante la aplicación de agua, se transfiere del soporte original a otra superficie donde queda adherida. En Venezuela y otros países se le llama "calcomanía" a las pegatinas (figuras autoadhesivas que no requieren el uso de agua, conocidas en inglés como "stickers"). […] Durante décadas, los niños han encontrado gran diversión en pegar las calcomanías a cualquier parte de su cuerpo (manos, brazos, pies) o a cualquier otro objeto a su alcance (azulejos de la cocina o del baño, cuadernos, estuches, etc.). […] Tuvieron gran éxito en España en las décadas de 1960 y 1970, en que se comercializaron pliegos de las más variadas temáticas: educativos (partes del cuerpo, animales), vehículos (trenes, coches, aviones), deportivos (jugadores de fútbol), culturales (personajes populares), frutas, flores, motivos decorativos, banderas, etc.” (http://es.wikipedia.org/wiki/Calcoman%C3%ADa)

http://www.todocoleccion.net/calcomanias-anos-40~x8753153
               Me he interesado por esta palabra, prácticamente ya en desuso en la lengua general (en favor de “pegatina”), así como también casi desaparecido el objeto que representa (sustituido por adhesivos con pegamento), para referirme a la peculiar manera de pronunciarse que, aún recuerdo, tenía en el pueblo malagueño donde nací y tal vez en otros puntos de Andalucía o incluso fuera de ella. Decíamos cancamonía. Confieso que, al escribir y escuchar mentalmente la variante, aún me suena más “natural” que la originaria calcomonía

http://www.entrechiquitines.com/peque-seguro-calcomanias-personalizadas-
para-ninos-y-personas-con-necesidades-especiales/



               Como nota destacada, añado que el diccionario Vox admite también calcamonía (http://es.thefreedictionary.com/calcoman%C3%ADa), así que, puestos a buscar explicaciones a la deformación fonética, lo más sencillo es hacerla derivar, precisamente, de esta calcamonía, por una simple permuta de “l” por “n”; tal cambio no resulta demasiado extraño en el habla popular, en la que la “l” final de sílaba es muy poco estable (como muchas otras consonantes en esa posición), si bien tiene como sustituta natural, en Andalucía al menos, la “r” (toldo > tordo, balcón > barcón). Pero yo voy a sostener otra hipótesis.
               Sabido es que las alteraciones fonéticas pueden deberse a varias causas, entre las que casi nunca está el azar; tampoco suelen ser fenómenos aislados dentro de la prosodia de una lengua. O bien entran dentro de un sistema de cambios, como el “seseo”, el mencionado rotacismo o cambio de “l” por “r”, etc., o bien influye algún fenómeno de carácter léxico-semántico, como la metáfora o metonimia, la etimología popular, la ultracorrección, etc. Creo que la palabra cancamonía está en este segundo supuesto. Me baso en que por estos parajes existe otro término, cáncana, con el que se designa a un tipo de araña y con el que aventuro existe cierto parentesco. ¿Entre el arácnido y la calcomanía? Sí, creo varios aspectos los relacionan: no sólo había adhesivos que representaban animales, entre ellos la araña, sino que también las calcomanías reproducían las figuras de una manera bastante simple y esquemática, con dibujo plano y formas muy estilizadas, además de que los propios papeles con que se pegaban eran sumamente delgados y transparentes. Puede que en la imaginación popular todo esto se conectara visualmente con el frágil cuerpo de las arañas, cosa que llevaría a aproximar también los significantes: cáncana – calcomanía > cancamonía. No descarto, por otra parte, la ayuda de la asimilación y la disimilación (cAlcOmanía > cAncAmOnía), que también son fuente de numerosas alteraciones vocálicas y consonánticas.
               Para relacionar cancamonía y cáncana desde el punto de vista semántico, como he hecho, me baso además en una expresión de aquella época de las calcomanías, alusiva a lo esquelético y escuálido del animal y del dibujo adhesivo. Cuando a una persona, generalmente niño o niña, se le veía extremadamente delgada, se le decía: “Anda, que pareces/estás hecho una cancamonía”.
              Quede de este modo constancia del término y del dicho lugareños, así como de mi interpretación explicativa, que no hallo exenta de racionalidad y fundamento. 

martes, 18 de octubre de 2011

BUENO Y MALO


               En más de un sentido, uno puede “ser bueno” o ”ser malo”, o bien “estar bueno” o “estar malo”. Todos los hispanohablantes conocemos la diferencia entre “ser” y “estar” en tales contextos. En cambio, los extranjeros tan solo asimilan la oposición (‘estado permanente’ – ‘estado circunstancial o pasajero’) después de mucho tiempo en contacto con nuestra lengua. Hoy voy a hablar no de los verbos, sino de los dos adjetivos, “bueno” y “malo”.
               Con “estar”, ambos aluden a la salud o al grado de excelencia de un objeto, material o no: “Manolo está ya bueno”, “El cocido estaba muy malo”. En el caso de “bueno”, también se relaciona con la apariencia o el atractivo físico, expresado casi siempre en grado superlativo: “Mi vecina está buenísima” (*), que carece de la negación paralelaMi vecina está malísima. En cuanto a “ser”, con su compañía ambos adjetivos se refieren al carácter o al comportamiento y también a ciertos rasgos, todos connaturales o congénitos: “Sí, Sofía, tú sí eres una buena chica”, “Mis hijos son malos en el colegio”, “No soy bueno para mandar”, “El exceso de vino es malo para el hígado”.
               Al parecer, la bondad distingue algunos matices más que la maldad. Además de “bueno”, se puede ser “buenecito”, si está uno hablando de un niño, o bien de un adulto que, para ganarse la confianza y rehacer su imagen, cambia de comportamiento y se hace el bueno, aparenta ser bueno, con lo cual el diminutivo adquiere un valor irónico: “Desde que discutimos, lleva una semana muy buenecito”. En cambio, no decimos “malito”, a no ser que lo apliquemos a un tierno infante, cuya perversidad queremos ponderar, aunque no pase de travesura, o bien al padecimiento de una enfermedad, en cuyo caso el diminutivo se aproxima al valor opuesto de aumentativo ("muy malito"). Por supuesto, el derivado es “malito”, no “malecito”.
               A propósito de la salud, antes mencionada, para la que sirven tanto “malo" como “bueno”, se emplea “malucho” cuando algo flaquea sin ser nada serio, y no, sin embargo, “buenucho”. Y en relación con el talante personal, ampliable metafóricamente a los animales también, existe “buenazo” o “bonachón”, sin paralelo derivativo en el ámbito contrario. 
               Cuando la bondad se aplica a un proceso o período, se habla de “bonanza” (económica, social, política, meteorológica, en el seno de la familia o de la empresa…). Como si de un tabú se tratara, no se ha creado la correspondiente “malanza” o algún otro similar.
               Fijémonos ahora en las expresiones o frases hechas: “estar de buenas” / “estar de malas”, supongo que con la elipsis de “relaciones”; “a la buena de Dios”, tal vez con la ausencia de “voluntad”; “a las malas” (por ej., “A las malas, lo más que me pueden hacer es denunciarme”), aunque no se da “a las buenas”; “mala pata” no alterna con “buena pata”, sí en cambio “mala vela” con “buena vela”. Un poco diferente, por su valor sintáctico y comunicativo, es ese “bueno” que se dice cuando en una conversación uno quiere mostrar impaciencia o iniciar la despedida, o bien ponderar algo (“¡Buenoooooo…!”). En Andalucía, más que en otras regiones, es muy normal el empleo de “buena gente” como casi sinónimo del “bueno” alusivo al carácter o la conducta (“El alcalde es buena gente”). No se da el paralelo “mala gente”, aunque sí una formación proveniente de los términos “mal”+”ángel”, y es “malaje”, persona con poca gracia (“singracia”), poco encanto, que provoca rechazo... Con el otro verbo, tenemos la construcción
estaría bueno, equivalente a eso es lo que faltaba; no tiene tampoco.
               En los últimos tiempos se ha creado, en el ámbito de la política, el vocablo “buenismo”. Me atrevo a definirlo como ‘actitud del que no ve o no quiere ver o hace como que no ve malicia en los demás y pretende solucionar absolutamente todos los conflictos por las buenas, mediante el diálogo u otro procedimiento similar’. Se usa, sobre todo, en esa parcela de la vida social donde ha nacido, y muy a menudo para calificar cierto ideal o inclinación, un pretendido “modus operandi” del presidente del gobierno. Consecuencias de tal visión
buenista (si se me permite el neologismo correspondiente), excesivamente angelical para los oponentes, y ejemplos de ella son la llamada “alianza de civilizaciones” o la “salida dialogada de ETA”, entre otras. Entiendo yo que la persona “buenista” no tiene por qué ser una persona “buena” o, como siempre se ha dicho, una “buena persona”, así como tampoco es igual “buenismo” que “bonhomía, que se concibe como defecto. En cualquier caso, no ha venido al mundo aún el opuesto "malismo", aunque en la política siempre ha dado mucho juego la pareja "el bueno" - "el malo", incluso muchos de los que esto lean pueden estar imaginándose algunos pares recientes.
               Nada más.
Buenas tardes,  ese es el saludo de encuentro o de despedida, pese a que hayan sido, sean o vayan a ser “malas tardes”, que no existe como frase hecha.

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(*) Cuando yo era pequeño, una expresión como esta no sonaba demasiado bien, fuera de ciertos ambientes social y culturalmente bajos, o bien en conversaciones exclusivamente masculinas. Ahora parece que se va extendiendo, tanto, que también se aplica a hombres: Un tío buenísimo.
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jueves, 6 de octubre de 2011

ASCENSO Y MUERTE DEL EUFEMISMO

               A ver qué os parece la manera tan archieufemística con la que se ha rebautizado la grúa municipal de mi ciudad: “Servicio de Apoyo al Tráfico”. ¡Será posible! Obvio disfraz, engaño, máscara, camuflaje…, detrás de los cuales se quiere esconder la fea cara de la pinza recogecoches, para que no veamos lo que es y nos creamos lo que no es.
               Apoyo al tráfico…, cuando en realidad lo que hace ese malquisto artefacto es quitar de la circulación todos los automóviles que le da tiempo, desde por la mañana temprano hasta por la noche, horario agotador, incansable “servicio”. Se la ve pasar a esa uña articulada sobre las 8 de la mañana y volver, de regreso, doce o trece horas más tarde, orgullosa, desafiante, ufana.
                 Tantas horas, para una sola función: recoger de las calles vehículos mal aparcados. Cosa legítima y acorde con la ley, no lo dudo, pero muy mal avenida con la frase biensonante, encubridora, mendaz… de “Apoyo al Tráfico”, más compatible con acciones como ‘Te echo una mano si tu coche te ha dejado por ahí tirado’ y similares. Quieren ennoblecer, dulcificar la auténtica y agria misión, para que no rechine en la estimativa del público, ya bastante machacada. Es como aquel “Cambiar el mundo” de la antigua progresía, convertido aquí en “Échale colonia a todo tufo que moleste ”.
               Actualmente es una costumbre muy extendida la del blanqueo léxico y el caso de la grúa no representa una excepción. Cierto líder de cierto partido ahora gobernante se merece la Medalla al Abuso del Eufemismo Encubridor, por inventos como “Alianza de Civilizaciones” (o sea, “Haremos lo que gustéis”) o “Memoria Histórica” (o sea,” Por fin os vamos a joder bien jodidos”), etc. Estamos en uno de los momentos de extraordinario ASCENSO del eufemismo, que ha llegado a cimas inusitadas. Cerca de mi casa hay unas instalaciones del “Servicio Andaluz de Empleo”, al que únicamente acuden (léase, pueden inscribirse) los desempleados. Ya ves. Pero es que llega un punto en que los trileros del vocabulario oficial te aturden, te picardean y te hacen ser mal pensado: porque si eso es realmente el Servicio Andaluz de Empleo (es decir, todo lo contrario de lo expresado en tal rótulo), ¿qué debemos entender al leer “Consejería o Ministerio de Educación”, “… de Defensa”, “… de Igualdad”…?
               Pura cirugía estética, mero vivir de la fachada, de lo aparente, de la estética, de la foto, de la cara (y nunca mejor dicho)… No nos extrañe que, cualquiera de estos días, en mi misma ciudad o en otra, a la policía la llamen cosas como “Hermandad Nacional de Ayuda a la Convivencia”, mucho más en onda; y dejen de hablar oficialmente de “cementerio”, para sustituirlo por “Centro de Acogida Permanente”, libre de evocación mortuoria o de finiquito; y, en vez de enchufarte una “multa”, te apliquen una “cuota motivacional”; o borren “suspenso” de los boletines escolares y coloquen “indicador de logro inverso”, etc., etc. No me dirán que no merece la pena. ¡Qué cambio! ¡Qué hermoso mundo! ¡Qué idílico paraíso! ¡Qué luminosa e inmaculada realidad, sin mancha ni borrón! Y la gente empeñándose en lo contrario. No, no, por favor, ¡veamos la parte buena de las cosas!
               Este fenómeno no es nuevo, aunque sí su inusitada intensificación y difusión. Recuerdo que, aquí mismo donde vivo, había antes una prostituta, la cual (¡pobrecilla!), una vez saturado el mercado de la carne en el casco urbano, trasladó su lugar de lenocinio a las cunetas de las salidas o entradas al pueblo, ofreciéndose a camioneros y conductores en general para chingo barato al aire libre o en cabinas o asientos traseros. Era muy conocida, todo un personaje; y, en señal de respeto y afecto, y para tratar de redimir su imagen, la apodaron “Auxilio en Carretera” (*), incomparable eufemismo popular, antecedente de estas otras suplencias léxicas municipales que venía yo comentando. Esto es mirar y situarse en positivo, señores, y lo demás son gaitas. Propongo mantener la actitud benevolente hacia el colectivo aludido y nombrar al oficio “Asistencia para la Normalización Hormonal” e incluirlo en el ramo de la Sanidad. Qué menos.
               Pero todo movimiento extremo lleva en su seno la semilla del opuesto. Y así ocurre también aquí, con los partidarios de dar MUERTE al mentiroso eufemismo. Una anécdota: hay un sitio en mi pueblo (un elevado recodo en la subida a la zona de la Torre del Hacho, a la entrada del camino de las Arquillas), en el que los eufemistas radicales podrían haberse lucido con impagables topónimos, tan bellamente líricos como “Glorieta del Amor”, “Curva de Venus” (¡oh!), “Rincón del Beso”, etc. Pero no, se les ha adelantado el enemigo, que ha ido allí a nombrar el lugar, ahíto ya de tanta poesía falsaria y empapado de cruda y dura verdad, lo ha etiquetado así: “Follaero Municipal”, añadiéndole por mano del escriba la transcripción de la auténtica banda sonora, tal como se aprecia en las fotos.

















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(*) Pero, cuidado con estas sustituciones, que las carga el diablo. Porque llamar a una meretriz con el nombre de un servicio de la Administración (por cierto, ambos “públicos”) también obra a la inversa. Ya me entienden.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

AUTOR INTELECTUAL


          A raíz del aciago suceso del 11 de marzo de 2004, el atentado de los trenes de Atocha, se puso en circulación la expresión “autor intelectual”, que se viene empleando en los medios de comunicación hasta la actualidad. Parece que llegó a nuestro ámbito lingüístico con ánimo de quedarse y lo ha conseguido. Incluso traspasa nuestras fronteras: “Nicaragua investiga a supuesto autor intelectual de muerte (sic) de Cabral” (*). Yo la traigo a colación, porque, aparte de que no me gusta en sí, creo que no es muy afortunada y tal vez haya que promover su sustitución.
          Lo que se quiso nombrar entonces y se quiere designar ahora es lo que, en otro atentado salvaje, fue la función de Bin Laden o lo que realiza la cúpula de ETA en los dolorosos atentados terroristas de nuestro país. Entiendo que el sintagma nació por oposición a “autor material”, referido a la cuadrilla que colocó las bombas en los desventurados trenes madrileños de cercanías. Seguramente ocurrió mediante un mecanismo muy simple: si hubo un autor material, tuvo que existir el “autor” que, sin actuar en el escenario de los hechos con algún cometido “físico”, ideara y organizara, e incluso financiara la intervención terrorista. ¿Cómo denominarlo? A falta de otra palabra, se pensó en un adjetivo cuyo significado fuese contrario a “material”, una especie de antónimo. Rechazados, por claramente inapropiados, vocablos como “espiritual”, “mental”, “anímico”…, se acudió por fin al término “intelectual”, en mi opinión no menos inadecuado. 

          El diccionario de la RAE distingue tres significados de “intelectual”, de los que el más cercano a la parcela de la actividad terrorista que comentamos es el primero: “1. Perteneciente o relativo al entendimiento “.  Sin embargo, si buscamos “entendimiento”, los sentidos atribuidos apuntan sobre todo a la capacidad de entender o entenderse, que no es lo que subyace esencialmente a “autor intelectual”.
          La comisión de un atentado, acción bastante  compleja y muy arriesgada, exige una larga y minuciosa preparación, una financiación cuantiosa, la adquisición de los medios e instrumentos apropiados, no cualesquiera, la contratación del personal ejecutante mejor preparado y más capaz de guardar sagrado silencio, etc. Todo esto corresponde a la etapa de planificación, de la que está ausente el plan de fuga. Previamente, en un momento dado, una persona o varias conciben la posibilidad de realizar el atentado, deciden llevarlo a cabo en tal lugar y fecha, y poner en marcha el proceso de planificación mencionado. Todo eso, concepción, diseño y aprovisionamiento, es lo que se ha pretendido que englobe le frase “autor intelectual”, de manera forzada e impropia a mi entender.
Modestamente, mantengo que el término que mejor corresponde, o al menos uno de ellos, es  el de “responsable” o, si se quiere afinar más, “responsable último” o “supremo”. Un titular como este, “El juicio del 11-M no pudo identificar al responsable último, individual o colectivo, del atentado”, me suena a mí más elegante, más acorde con el espíritu de nuestra lengua, más natural, que otro construido con “autor intelectual”, en donde se desnaturaliza el adjetivo intelectual y se echa a perder toda la expresión. Algunos sinónimos de “responsable último” podrían ser “promotor”, “impulsor”, “inspirador”, “instigador”, “organizador”, “planificador”, etc., incluso el metonímico “cerebro”.
Para terminar, y al margen de lo lingüístico, destaco que, desde mi punto de vista y el de muchos otros, lo más sangrante del 11-M y su responsable último es que todavía no se sabe quién es este y que, al menos hasta el momento, tal desconocimiento parece no preocupar en círculos políticos y judiciales.  
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miércoles, 21 de septiembre de 2011

LA MUJER


          Muchos de vosotros posiblemente habréis oído frases como estas, en boca de hombres, hablando de sus esposas: “Voy a llegarme a recoger a la mujer”, “Le dijo a la mujer que hiciera un día de estos paella de mariscos, solo de mariscos”, etc. En ellas, la alusión a una persona relacionada con el hablante, su esposa,  se efectúa con el artículo “la” y no con el posesivo “mi”, que aparece en otras ocasiones y/o usuarios. Añado que únicamente lo he oído a hombres, no a mujeres, que siempre dicen “mi marido”. No sé si a vosotros os ha llamado la atención esta forma de señalar con el artículo; a mí, cuando empecé a conocerlas, sí, porque esperaba  “mi” (“Voy a llegarme a recoger a mi mujer”). Pretendo comentar brevemente este fenómeno, que creo tiene su importancia e interés.

          Ambas construcciones tienen un valor semejante, las dos señalan a la esposa del que habla.  Hay diferencia, según creo, en el grado de explicitación: con el posesivo “mi”, la indicación no ofrece duda, es inequívoca, queda palmariamente clara; en cambio, el artículo “la” deja abierta la referencia y solo el contexto restringe las posibilidades y lleva a la interpretación adecuada.  Por lo demás, se trata de fórmulas al parecer equivalentes, que comparten en principio la mayoría de los entornos textuales (pueden aparecer en los mismos enunciados). Solo no es claramente aceptable la alternancia cuando se precisa puntualizar que se trata de mi mujer y no otra persona, presente de alguna manera en el contexto, a la que se contrapone y de la que, así, se distingue : “A los niños que los lleve mi mujer y la tuya que se los traiga luego”. 

       Teniendo esto en cuenta, ¿qué empuja a seleccionar un procedimiento u otro, cuando ambos resultan igualmente viables?, ¿tan solo el mayor o menor afán de precisión del señalamiento? Al comienzo de reparar en la modalidad con el artícula “la”, se me ocurrió una interpretación psicológica, basada en el típico pudor masculino a tocar cuestiones relacionadas con los sentimientos: parece que “la mujer” connota un vínculo emocional menos fuerte, menos manifiesto, que “mi mujer”. También acudí al terreno de la sociología y pensé en la voluntad de huir de todo lo que oliera a apropiación machista, posible en “mi mujer” (posible, aunque no obligatoria, puesto que el posesivo no significa siempre “posesión” o “propiedad”). Sin embargo, el tipo masculino que por regla general usa el artículo no es de los que reparan en exquisiteces expresivas ni en su trascendencia social.

     Sin descartar las anteriores, tal vez haya que intentar una explicación más “técnica”. Para exponerla, permitidme que utilice dos conceptos, fáciles de entender: el de deixis y el de economía del lenguaje. Mediante la deixis, el emisor indica a qué seres u objetos de la realidad se está refiriendo, de manera que el receptor los sitúe sin dificultad en el espacio, en el tiempo, en el texto o en relación con los personajes que intervienen en el acto comunicativo: “esta mesa”, “aquel año”, “nuestros alumnos”, “esa palabras”, “mis hijos”, etc. Hay diferentes procedimientos y recursos para dicha función. Entre ellos, los posesivos y los demostrativos, determinantes deícticos por derecho propio. Por su parte, la economía lingüística es el ahorro de medios que se impone en todo texto escrito o emisión oral: nunca se deben utilizar más palabras o expresiones de las absolutamente necesarias; no está bien visto el despilfarro en la comunicación, a no ser que obedezca a una intención especial. Hay personas que repiten ochenta veces lo mismo, que detallan en exceso, que recalcan demasiado ciertas ideas…, cayendo en una pesadez comunicativa poco soportable.

        A la luz de ambas nociones, puede afirmarse que, de las dos formas de aludir a la esposa, muchos hablantes eligen la más “ligera”, la que con mayor simplicidad cumple el fin previsto, la más económica, siguiendo la norma general de la lengua. Si con el empleo de un determinante “neutro” como el artículo (no indica “posesión” ni lugar ni tiempo), auxiliado por factores de situación o contexto, es suficiente, se evita acudir al posesivo, más “cargado”, más lleno semánticamente y, por tanto, menos económico. Uno de las normas derivadas del principio de economía da prioridad a la aportación del contexto (situacional o textual) sobre el componente verbal para la delimitación semántica o referencial de los mensajes, puesto que el fin es ahorrar palabras.

       A mí me convence bastante esta manera de entender la existencia de dos opciones, ambas perfectamente admisibles y correctas, en teoría casi siempre intercambiables, y esta forma de establecer un criterio de elección. Sobre todo, si no se descarta del todo y siempre la influencia latente de los móviles psicológico y sociológico antes expuestos.

          Pese a todo, en mi idiolecto siento predilección por el posesivo y nunca digo “Del equipaje se encarga la mujer, yo soy el chófer”, por ejemplo. Sospecho que entre las dos fórmulas que he analizado hay una leve diferencia, definible en términos sociolectales; o sea, que una y otra tal vez se correspondan con grupos de hablantes distintos por alguna nota o factor de carácter sociocultural.