viernes, 12 de septiembre de 2014

LA CHIVATA

          Dicen algunos observadores de la lengua española que serían necesarias unas 3.000 palabras nuevas al año para poseer un número adecuado de denominaciones y tener el léxico a punto. La cifra no parece descabellada, sobre todo si tenemos en cuenta la gran cantidad de “cosas” nuevas, materiales e inmateriales, que penetran o aparecen en nuestro entorno inmediato y de las cuales hay que hablar; y no digamos, en el ámbito de la ciencia, el pensamiento, el arte y la técnica.
          En ese número supongo que estarán contabilizados los términos que, existiendo ya en castellano, cambian de significado y de referente, y adquieren un uso nuevo. Por ejemplo, desde hace unos años llevan los bañistas poco avezados un flotador muy simple en forma de tubo flexible, al que se denomina ya “churro”, por semejanza con la conocida masa frita en forma de rosco, propia del desayuno y la merienda; por idéntico procedimiento han dado en llamarse “roscos” los flotadores circulares hinchables. En la lengua coloquial abunda este mecanismo, el cambio semántico (debido a la metáfora, la metonimia y otras) frente a la composición o derivación, más propias del lenguaje científico, jurídico, humanístico, etc., que beben mucho de las lenguas clásicas: “televisión”, “biológico”, “estratosfera”, “nihilismo”… En el habla general no se descartan, no obstante, los compuestos, como “rascacielos”, ni los derivados, como “replantear”. Por su parte, el préstamo, directo (“badmington”, “líder”) o indirecto (“ratón”, el del “ordenador”), es común a ambos registros y en muchas ocasiones obedece más al esnobismo o a la presión de las lenguas de origen, como “look” o “delicatesen”, que a la necesidad.
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          Sirva esta breve exposición para introducir una no menos breve reseña de la palabra en la que me quiero centrar: la palabra “chivata”. El diccionario académico distingue una variedad de carácter adjetivo y otra nominal. Entre las acepciones de la primera (“chivato, -a”), destaco la equivalencia a “soplón”, o sea, “delator”; como sustantivo masculino, se dice del “Chivo que pasa de seis meses y no llega al año” (como “lobato” o “ballenato”) y  del “Dispositivo que advierte de una anormalidad o que llama la atención sobre algo”. El origen de la familia “chivato”, “chivatear”, “chivateo” está en el término “chivo”, que, según J. Corominas, “fue originariamente una voz para hacer que acuda el animal [“cría de cabra”] y en este sentido es creación expresiva común a varias lenguas (sardo, rético, dialectos italianos, catalanes y alemanes)” [1]. Así, “chivato”, primeramente “cría de chivo’, adquiere un significado derivado del de “chivo” [‘voz para…’] y pasa a nombrar a todo el que es considerado “delator” o aquello que hace de “indicador”. 
          En época cercana a la actual, el femenino “chivata” (del par “chivato, -a”) se inmoviliza en ese género y se convierte en un sustantivo con un nuevo significado de origen metafórico: la “chivata” era una bolsa relativamente pequeña, tejida como red o malla elástica, que servía para llevar la compra, si no era muy abundante ni de objetos de ínfimo tamaño (foto superior). Vacía, no ocupaba apenas sitio y, llena, ampliaba su capacidad considerablemente. Lo característico era el estar hecha de malla, que dejaba ver todo su contenido. Era, pues, una bolsa o talega muy “chivata”, lo que le mereció sin duda el nombre  -al menos en mi localidad, malagueña-  o, mejor, el ingenioso mote. Este nuevo hito de la historia de la palabra no aparece recogido en los diccionarios que suelo consultar; posiblemente sea un localismo o un fenómeno de extensión reducida.
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          Se crean continuamente neologismos, que son palabras nuevas (“tablet”), seminuevas (“telebasura”) o renovadas (“servicios” = ‘retrete’). Pero también las hay que entran en fase de agonía y finalmente mueren [2]. Es lo que ha ocurrido con nuestro vocablo “chivata”, tan gráfico, tan expresivo: el plástico o el papel entraron en tromba en la actividad mercantil y han desterrado a la humilde talega reticular, tan socorrida. Antes de extenderse más, el término vio, impotente, su final. Ya nadie tiene ni nombra la “chivata”. Es verdad que ha dejado sucesoras, como se ve en la foto de la izquierda, llamadas, más elegantemente quizás, “bolsas de malla”. R.I.P.  aquella nuestra entrañable “delatora”. No es la primera ni será la última “cosa – palabra” que se pierda.



[1]  J. COROMINAS: Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Madrid, Gredos, 1967, 2ª ed.
[2]  El estudio de la relación entre la vida de las palabras y de las cosas se instituyó como método de investigación a comienzos del XX, en torno a la revista llamada, precisamente, Wörter und Sachen  [Palabras y Cosas] (Heidelberg, 1909-1944). Posteriormente, esta temática pasó a formar parte de la ciencia denominada Etnolingüística. Postulado fundamental de tal enfoque es que resulta imposible prescindir de una faceta, la realidad, o de la otra, la lengua, para obtener una visión completa de ambas. Uno de sus frutos más destacados es el importantísimo Atlas Lingüístico y Etnográfico de Andalucía, (Granada, Universidad de Granada, 1961-73, 6 tomos), dirigido por M. Alvar.


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