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1. Recuerdo una tarde en la que me dirigía a recoger a mi hijo a la salida del colegio. Entonces había jornada partida y los escolares terminaban su jornada a las 5. Llegué cuando los niños ya estaban en la calle. De pronto veo a dos de unos siete u ocho años en plena lucha grecorromana, revolcándose por la acera, trabados, metidos de lleno en competición. Dije a mi hijo que aguardara y me apresuré, junto a algún otro padre y madre, a separar a los litigantes. Cuál fue mi sorpresa cuando, tras nuestra acción de auxilio, se separaron, se levantaron y con una media sonrisa nos informaron: « Deja, esto es una peleíta de coña». Creo que todos los adultos, tras unos instantes de reflexión, logramos entender el mensaje y los dejamos estar, rehecha ya la hipotética amistad entre los supuestos adversarios. Cogí a mi retoño de la mano y nos dirigimos a nuestra casa. Quiero que esta anécdota sirva de prólogo a la...