viernes, 19 de agosto de 2016

RE-DEFINIR AL RECEPTOR (I)


Una de las condiciones indispensables para que un acto de comunicación tenga éxito es que el emisor posea una imagen acertada del receptor y adapte su enunciación a él. Es decir, que quien habla o escribe se haya formado una idea atinada del perfil característico de aquel o aquellos que lo escuchan o lo leen. Porque lo importante no es de quién se trata y cómo es el destinatario, sino de quién cree el emisor que se trata y cómo cree que es. Y lo determinante es que ambas realidades coincidan o lo hagan en la mayor medida posible. De no ser así, la consiguiente falta de acoplamiento del discurso al receptor será fuente segura de inconvenientes y dificultades, que entorpecerán e incluso imposibilitarán la comunicación. Está, por ejemplo, el típico caso en el que el niño o niña preadolescente se ve en la situación de decirle a sus padres: “Me habláis como si fuera un bebé. Ya soy mayorcito/a”; o, al revés, los padres o los abuelos deben reprocharle: “A tu madre no le hables más así”. O bien esa otra circunstancia en la que un profesor o un orador eleva tanto la forma y/o el contenido de su exposición, que obstaculiza la comprensión por su falta de adaptación a un público que ni conoce ni se ha preocupado de conocer. Aunque la escena más simple y clara es aquella en la que un señor se nos acerca por la calle, una calle española, para hacernos una pregunta en francés o en alemán, sin caer en la cuenta de que lo más probable es que no sepamos su idioma o no con tanta perfección como para entenderlo y responderle. Permítaseme traer aquí, porque viene a cuento del asunto que tratamos, el comienzo  de un relato mío, “El príncipe desterrado”, con el que me atreví a redactar una continuación de “El príncipe destronado”:

Hola. Soy Quico, el niño de la novela El príncipe destronado, que escribió Miguel
Delibes. Se ha muerto, ¡qué lástima! Era como mi abuelo. Ahora tengo seis años y medio. Estoy más grande, pero con los mismos rizos rubios y ojos azules. Y, por eso, todavía me confunde a veces la gente con una niña. Cuando alguien me dice: “¡Qué chica tan mona!”, le contesto: “Yo soy un tío, y usted, ¿qué es? “. O me echo mano a la bragueta y le suelto:“Soy un niño, si quiere se la enseño”. Y se ríen, pero se nota que es de vergüenza. (Cuentos con niño. Madrid, 2013)

Todos estos errores son, generalmente, fruto del descuido, de no poner atención cuando se ha de tomar la palabra en una interacción, o de la falta de prudencia. Naturalmente, también cuenta en numerosas ocasiones la ignorancia procedente de no poseer los recursos necesarios para cambiar de registro y acomodar el habla al interlocutor, o de desconocer que no siempre ni a todo el mundo se le puede hablar de la misma manera. Los jóvenes, no todos pero sí muchos, tan solo saben expresarse con un lenguaje y un tono coloquial, el que emplean con los amigos y, en general, con sus iguales, cosa que les impide estar a la altura cuando deben afrontar asuntos en instituciones u organismos oficiales, en oficinas y despachos,  por ejemplo, en los que la propia temática requiere más esmero lingüístico.  Un querido compañero y amigo suele decir que “el tuteo es un puteo”, refiriéndose a quien, con no poca desfachatez, se atreve a tutear a todo superior (en lo que sea) o desconocido, para “acortar distancias”, ya que, al fin y al cabo “todos somos iguales”.
Los chistes, en los que el resultado humorístico se funda en la ruptura de alguna norma comunicativa o social, muestran actuaciones bastante ilustrativas. No sé si el lector recordará la época, hace unos veinte años, en la que se puso de moda crear historias que ridiculizaban al ministro Fernando Morán, los “chistes de Morán”, en los que él exhibía una notable falta de inteligencia y un extremo despiste. Creo que este nos servirá:

Va Fernando Morán en el avión y, a pesar de no conocerse, poco a poco entabla conversación con su compañero de asiento. Llegan a una cierta confianza y este le dice al ministro:
- Te voy a contar un chiste de Morán.
- Yo soy Fernando Morán.
- Ah, bueno, entonces lo contaré despacito y luego, si eso, te lo explico.

Aquí, naturalmente, se da una importante quiebra comunicativa: por una parte, el compañero no se percata de lo que comporta que esté hablando con el mismísimo ministro y de que puede incurrir, por tanto, en una falta grave de cortesía; aunque, por otra, manifiesta su deseo de adaptación máxima al receptor, proponiéndose narrar con la mayor simplicidad y parsimonia la historia e incluso explicarla luego. Así, no sabemos quién es más tonto, si el gobernante o su nuevo amigo. 

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RE-DEFINIR AL RECEPTOR (y II)



Sin embargo, hay momentos en los que el hablante o escritor desfigura la silueta del receptor de modo consciente, para lograr algún efecto en pos de algún fin particular. En la sesión de investidura del día 2 de marzo de 2016, en la que el candidato Pedro Sánchez, del PSOE, no logró la mayoría suficiente, Rajoy pronunció uno de sus discursos más atrevidos, más sarcásticos, más duros con el grupo socialista (también sufrió algún refregón el de Ciudadanos), que muchos valoraron como uno de los mejores de los últimos años.  En un momento dado, hablaba de que el voto del PP sería negativo y, como representante de dicho partido, lo justificó diciendo que “es esa defensa de todos los españoles la que me impide secundar los propósitos de su Señoría (sic). Se lo voy a explicar [de manera tan clara, que hasta ustedes lo van a entender]” (*).  No hay que ser un lince para darse cuenta de que el orador, con esa coletilla final (entre corchetes) motejó a la oposición socialista de corta de luces, de torpe, de dura de mollera, etc., puesto que, como al Morán del chiste, había que desmenuzarle las ideas y razones para que se enterara. El mecanismo consiste en esto: una re-definición subjetiva, a la baja, de la figura del receptor, en este caso colectivo; pero una re-definición no explícita, que se da por supuesta: ni se prueba ni se pone en tela de juicio. En efecto, Rajoy no aludió expresamente a la cota de inteligencia o preparación del adversario, las cuales sufrieron, no obstante, una cruel arremetida. Lo que quiso decir, y todo el mundo entendió, fue algo así como “el nivel de ustedes es tan bajo, que requerirá de mí un plus de claridad y sencillez en la explicación, cosa que voy a intentar”. Hay un ataque y una burla, de esos que suman fuerzas para entreabrir una maliciosa sonrisa en el público no aludido.
La crítica más acerada se oculta a veces bajo la broma, el humor, que, lejos de suavizar el ataque, lo hacen más intenso, más cruento, más feroz, y despojan, además, de armas al enemigo. Los escritores satíricos lo saben bien. En el caso del discurso parlamentario, el presidente en funciones usó esa técnica, no demasiado complicada ni rebuscada: re-definir a su conveniencia el carácter de la oposición socialista, evitando la alusión directa. Si lo hubiera hecho a las claras, habría quedado bastante desvirtuada su agresión, dado que carecía de base objetiva.
Estrategias como esta se aplican a diario con suma eficacia. En el Parlamento y fuera del Parlamento.
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(*)  Comparando la versión oral del discurso con la escrita, la parte entre corchetes no aparece en esta última, por lo que se supone que fue añadida sobre la marcha por el presidente en funciones: http://www.20minutos.es/noticia/2686969/0/discurso-mariano-rajoy-congreso-discurso-investidura-pedro-sanchez/). ¿Por qué tomó una y otra decisión? Como es natural, caben muchas y variadas opiniones.

sábado, 6 de agosto de 2016

EL ACTO DE HABLA INDIRECTO: UN PASAJE DE “EL OJO DEL LEOPARDO” (I)

             Tengo interés en transcribir un pasaje del último libro que he leído, El ojo del leopardo (H. Mankell, 1990), porque ilustra con acierto y claridad uno de los fenómenos más destacados de la comunicación, en su modalidad interactiva o conversacional. Me refiero al llamado acto de habla indirecto. Aunque más abajo, tras los párrafos copiados, habrá ocasión de pormenorizar sus rasgos, su funcionalidad, etc., avanzo que se trata de una secuencia en la que se comunica un mensaje con medios lingüísticos y textuales extraños a su naturaleza, muy diferentes de los que cabría esperar, sin que por ello se obstruya o perjudique la comprensión cabal de dicho mensaje. Paso a copiar la escena mencionada, que consiste en realidad en un diálogo.
        Los interlocutores son Hans Olofson, nacido en Suecia, emigrado a Zambia, donde trabaja a la sazón como “capataz provisional” en una granja de gallinas ponedoras, propiedad de Madame Fillington, enferma el día de la conversación; es el protagonista. En calidad de sustituto de la dueña, dialoga, en la propia granja, con un visitante, que se dice policía y se autodenomina Mister Pihri. De lo que él mismo afirma, se deduce que es una especie de conseguidor de Madame Fillington ante la Administración, donde le procura “pequeños servicios” para “evitar problemas que pueden resultar inquietantes”.
          Se presentan ambos y, antes de entrar en el motivo de su visita, el recién llegado deja caer lo siguiente:
(1) “Madame Fillington suele invitarme a té cuando la visito”.
Y, mientras preparan la infusión, explica:
 “Nuestras autoridades son muy cuidadosas con las formalidades […]. Eso lo aprendimos de los ingleses. Tal vez nuestras autoridades actualmente exageran la minuciosidad. Pero hemos de tener cuidado con las personas que visitan nuestro país. Todos los papeles deben estar en regla”.
El capataz Olofson no tiene dificultad en captar la advertencia: << O sea, que se trata de mí>>. Y prosigue Mister Pihri:
“Madame me pidió ayuda para que agilice los trámites de su permiso de residencia […]. Por supuesto es importante evitar problemas innecesarios. Madame y yo solemos intercambiar servicios para nuestro propio beneficio.
Le muestra a Olofson unos papeles sellados, que este agradece en nombre de su jefa. Pero a Pihri aún le resta encarecer su misión:
“Mis amigos y colegas del Departamento de Inmigración están muy ocupados en estos momentos. La carga de trabajo es especialmente elevada. También se deniegan muchas solicitudes de permiso de residencia temporal. Por desgracia, a veces también tienen que rechazar a personas que quisieran residir en nuestro país. Naturalmente, no es agradable tener que dejar un país e veinticuatro horas […]. Pero mis amigos del Departamento de Inmigración son muy comprensivos. Me alegro de poder dejar esos papeles, firmados y sellados, en el debido orden […]. Las autoridades miran con recelo a las personas que carecen de los documentos necesarios. Por desgracia, a veces también están obligados a meter a personas en la cárcel por tiempo indeterminado […].  Desgraciadamente, las cárceles de este país están muy abandonadas. En especial, para los europeos, que están habituados a otras condiciones”

De nuevo el capataz le manifiesta su agradecimiento personal  y, en su nombre, el de Madame Fillington. Pero el policía mediador está pensando en otra forma de gratitud:
(2) “El maletero de mi coche no es muy grande. Pero caben quinientos huevos sin dificultad.
Olofson da la orden correspondiente y recibe los documentos. Además se entera de que
“Desgraciadamente, de vez en cuando hay que renovar estos sellos […]. Por eso, Madame Fillington y yo nos vemos con regularidad.
Para la despedida, el sueco acompaña a Pihri hasta el coche:
(3)  Mi coche empieza a estar viejo {…]. Puede que un día deje de funcionar por completo. Visitar a Madame Fillington puede que me resulte entonces un problema […]. En este momento está en venta un Pugeot en muy buenas condiciones en casa de uno de mis amigos de Kitwe.

“Se lo diré”, le promete el capataz. Y, para sus adentros, no duda de que es <<el prototipo de la corrupción>>, aunque tampoco, de que ha sido <<una conversación cortés y discreta>>. 

EL ACTO DE HABLA INDIRECTO: UN PASAJE DE “EL OJO DEL LEOPARDO” (II)

           No le será difícil al lector, incluso al no iniciado en el concepto de acto de habla indirecto, intuir en qué consiste, si observa con atención las intervenciones de Mister Pihri escritas en negrita: en ellas parece informar de algo al capataz, pero se ve que en el fondo va más allá, de que pretende decir algo más. En efecto, el primer enunciado (1) encierra una petición: “póngame un té”; la segunda secuencia (2) viene a equivaler a la presentación de la factura por el “pequeño servicio” de lograr el permiso de residencia: 500 huevos de la granja; y la tercera (3) supone otro pago, tal vez a medio plazo.      
           La teoría de los actos de habla se forja a partir de los años 60, dentro de la Filosofía del Lenguaje, y más concretamente a partir de los estudios de J.L. Austin recogidos en su obra póstuma Cómo hacer cosas con palabras (1962). Siguiendo esta línea, el también filósofo J.R. Searle aquilata la noción básica de acto de habla y establece una serie de distinciones, entre las que está la que diferencia los actos de habla directos y los indirectos (Actos de habla, 1969; “Indirect Speech Acts”, 1975). Un acto de habla directo es aquel en que el hablante manifiesta exactamente lo que las palabras y demás recursos lingüísticos expresan: “Póngame un té”; en los indirectos, en cambio, no se da una correspondencia entre el componente verbal explícito (fuerza locutiva) y la verdadera intención comunicativa del hablante (fuerza ilocutiva): “Madame Fillington suele invitarme a té cuando la visito”. Diríase que el sujeto se propone manifestar un tipo de mensaje, pero adopta el molde verbal de otro tipo distinto. En nuestros ejemplos, la intervención de Mister Pihri es aparentemente enunciativa, informativa de la costumbre de Madame, pero su intención es de carácter imperativo, directivo. Lo mismo ocurre en los fragmentos (2) y (3).

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EL ACTO DE HABLA INDIRECTO: UN PASAJE DE “EL OJO DEL LEOPARDO” (III)

          El empleo de actos de habla indirectos, lo mismo que otros procedimientos similares, como la ironía, la metáfora, las frases hechas, etc.,  obedece a una estrategia más o menos general, en una situación dada, que así lo aconseja. El hecho de que una gran parte de los actos indirectos se den en enunciados o secuencias de enunciados de intención conativa o imperativa nos brinda una pista sobre el carácter de dicha estrategia: el sujeto hablante no quiere mostrarse contundente en sus mandatos, órdenes, peticiones o ruegos, tal como podrían ser percibidos si empleara los medios lingüísticos apropiados a su intención: “Cárgueme 500 huevos en el coche”. Ese brío impositivo queda ciertamente amortiguado, suavizado, dulcificado, por el revestimiento informativo de su enunciación: “El maletero de mi coche no es muy grande. Pero caben quinientos huevos sin dificultad”. En la interacción diaria e incluso en la más formal e institucional abundan los actos de habla indirectos, con el objetivo principal señalado, cuando no es posible o no interesa la declaración desnuda, patente.
           No es posible o no interesa por alguna razón relacionada con la posibilidad de invadir el terreno del interlocutor y/o atentar contra la relación existente entre él y el hablante;  o bien, por el deseo de asegurar la consecución de algún beneficio extracomunicativo. En el caso que estoy analizando, la meta de Mister Pihri está clara: recibir una dádiva a modo de retribución. No es una aspiración nueva, incluso ha sido satisfecha ya al parecer en otras ocasiones por Madame. Pero sí es nueva la persona a quien se dirige, Hans Olofson, que puede no saber nada del asunto o incluso encresparse si el peticionario es demasiado explícito, cosa que pondría en peligro un buen talante y una buena relación, y complicaría las cosas.                        Lo cual nos lleva de la mano a definir la estrategia consistente en el uso de los actos indirectos como una estrategia de cortesía, tal como se entiende dentro de la pragmática (a partir de P. Brown y S. Levinson,  Politeness. Some universals in language usage, 1987): conjunto de actuaciones comunicativas encaminadas a salvaguardar la (auto)imagen de los interlocutores (cortesía positiva) y a no invadir el  margen de libertad de acción de ambos (cortesía negativa). En el fragmento de la novela seleccionado, Mister Pihri se comporta con un respeto y una prudencia exquisitos mediante su discurso indirecto, yendo quizás más allá de lo que su posición respecto al capataz y la situación en general requieren. Es decir, con un superávit de cortesía , que incluso puede parecer un tanto cómico a algún lector, pues hace aparecer al simple policía medio chantajista como un personaje demasiado envarado, demasiado estirado, demasiado considerado y atento, con su habla indirecta. De todos modos, el comportamiento global de Mister Pihri es algo que al avispado Olofson no pasa desapercibido y, lo mismo que ve en él un “prototipo de corrupción”, valora la charla, curiosamente, con el vocablo “cortés”, dándole un sentido que se podría casi denominar “técnico”, según he explicado sucintamente:  “una conversación cortés y discreta”. 

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EL ACTO DE HABLA INDIRECTO: UN PASAJE DE “EL OJO DEL LEOPARDO” (y IV)


               Para completar este breve análisis, no quiero pasar por alto la manera en que el conseguidor pondera ante su interlocutor, un extranjero, la “difícil” misión que lleva a cabo en el Departamento de Inmigración, para hacerla merecedora, claro, del posterior pago en especies. Entra dentro de la misma lógica que sus intervenciones de valor indirecto y se encamina a un objetivo parecido: habla de la atenta y meticulosa vigilancia a que son sometidos los residentes extranjeros y del riesgo que corren quienes no dispongan del permiso de residencia o no tengan sus documentos al día; pueden terminar en la cárcel “por tiempo indeterminado” y, “desgraciadamente, las cárceles de este país están muy abandonadas. En especial para los europeos, que están habituados a otras condiciones”. Evitar una desgracia así, se sobreentiende, es su función y su papel en relación con el personal de la granja no autóctono. O sea, el mismo capataz con quien habla, aunque no lo nombre expresamente. En realidad,  la táctica del policía corrupto es detallar el peligro que corre quien no cumpla ciertos requisitos, haciéndolo en términos genéricos, sin mencionar, sin señalar a su interlocutor, que es a quien implícitamente se refiere como potencial objeto de la “temible” intervención gubernamental. Así no hay alusión aparente ni, por tanto, intimidación ni chantaje. Es un método similar, como digo, al de los actos indirectos, la elusión, el decir y no decir, el insinuar, el tirar la piedra y esconder la mano, etc. 



              A modo de conclusión, diría que Mister Pihri es un personaje típico de sistemas políticos y administrativos corruptos, de esos que pululan por despachos y hacen de intermediarios entre las autoridades, a las que se venden a cambio de unas briznas de poder, y los súbditos, a los que “hacen el favor” de recordarles las normas que en cada ocasión se dicten y la pena por incumplimiento, exigiendo, además, una paga de ellos por tan gran “servicio”. Es una especie de comisario y de brazo ejecutor, de policía y mafioso, que vive a costa de un Estado podrido y de quienes dejan hacer y prefieren pagar y no meterse en líos. Y todo ello, sin mancharse ni un dedo, sin correr el más mínimo riesgo, evitando soliviantar al elemento social y de decepcionar al funcionario o político de turno.
            Así, el Mister se presenta en la granja dándose pisto, presumiendo de su posición y de su función, exigiendo, amenazando, pero protegiéndose de la posible reacción del capataz, que está aún fuera de la red de intereses y de favores mutuos entre él y la propietaria, Madame Fillington. El capataz extranjero se pliega y acepta el chantaje, en parte por temor al castigo y en parte por fidelidad a su jefa. En esta compleja malla donde el abuso y la dejación conviven y se compenetran, sin que en ningún momento rechine ni un solo tornillo de la máquina, la retórica de la elusión de Pihri juega un papel fundamental, sus alusiones indirectas, que cubren con un manto de cortesía las verdaderas intenciones del agente. El capataz Olofson no es tonto y capta, pese a esa especie de veladura, dichas intenciones, pero no quiere, no puede o no sabe reaccionar para defenderse.
  

domingo, 6 de marzo de 2016

DEBERES..., HOY NO TOCAN

               Les juro que ni me hace gracia ni me gusta. Cuando, hace diez o doce años, oí la expresión en boca de Aznar, que creo fue el primero en utilizarla, ya me produjo dentera. Me refiero a eso de “hoy no toca”, que dice el político de turno si no quiere responder a preguntas de periodistas en ruedas de prensa o similares. El antecesor de Rajoy en el PP no era especialmente remiso a contestar en tales situaciones, al menos no tanto como otros lo han sido después. No recuerdo bien cuál era el asunto que calló; puede que fuese una cuestión no demasiado relevante, como una fecha (¿de un congreso?, ¿de unas elecciones?), un nombre (¿para tal o cual ministerio?) o algo parecido. Se puso, así, en circulación el tropo procedente del lenguaje escolar y, desde entonces, se ha repetido hasta la saciedad. Lo oí mil veces cuando Rubalcaba era portavoz del gobierno, pero podría citar a otros de diferentes partidos, si bien no con la frecuencia de D. Alfredo.
              Otra frase de similar naturaleza lingüística y cargada de la misma capacidad para irritar a quien esto escribe, es “hacer los deberes”. No alcanzo a situar su nacimiento en un momento preciso ni en una boca pública determinada. Sí puedo decir que se viene nombrando con esa expresión, también sacada del ámbito de las aulas, lo que hemos tenido o tendremos que hacer para alcanzar ciertas metas europeas. 
http://www.blogdealtaneira.com.br/2012/10/locais-de-votacao-comecam-ser.html
               Supongo que ambas figuras les suenan a ustedes. No sé si estragan su estimativa lingüística como dañan la mía. ¿Por qué me molestan tanto? ¿Tendrá algo que ver la causa con mi pertenencia al mundo de la educación, durante tantos años, como profesor de Secundaria? ¿Será que advierto una intromisión imperdonable, ahora que tan poco perdón concita la clase política, acusada de enturbiar todo lo que toca? Creo que no. Más bien se trata de que, para mí, el ejercicio de la autoridad profesoral a que ambos enunciados apelan directamente, se torna autoritarismo cuando los dice un ciudadano a los demás ciudadanos dentro del contexto político, aunque sea con sentido figurado.
               Me explico. El maestro o profesor puede y debe marcar lo que en cada momento “toca” realizar a los alumnos, ejerciendo la autoridad que su preparación y su responsabilidad como formador requieren de él. Igual ocurre cuando les señala “deberes” a los niños. Estos tienen que atenerse a lo que “toca” y efectuar los ejercicios o tareas indicadas. Pero en la vida social adulta, en el ámbito de las relaciones políticas, nadie está investido con una autoridad semejante, puesto que el pueblo tiene derecho a estar informado, a través de los medios de comunicación, siempre, y no cuando un ministro o director o alcalde decide que “toca”. En cuanto a los “deberes”, sabemos que la ley impone obligaciones, prohíbe, dicta, otorga, permite…, pero en un sentido muy distinto y, sobre todo, mediante un procedimiento absolutamente diferente del que sigue el maestro: el procedimiento democrático, que se desarrolla en los órganos e instituciones correspondientes.
               Sé que, en ocasiones, se adoban con una pizca de ironía las frases susodichas. Y, desde luego, que mantienen (aún) su naturaleza metafórica, y no presentan (aún) un sentido recto, literal. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Sin embargo, confieso que me molestan por lo que he explicado. Espero no parecer, por ello, demasiado suspicaz.



jueves, 4 de febrero de 2016

SEÑORITA TRINI (I)

               Los hechos son los siguientes: a raíz del triunfo de Tomás Gómez en las primarias de Madrid (*), Alfonso Guerra sostuvo que no todos los socialistas madrileños pueden considerarse ganadores, porque la victoria fue para el “Señor Gómez” y los suyos, y no para la “Señorita Trini” y los suyos. Varias ministras y mujeres con posición relevante en el partido se molestaron y expresaron su queja por lo que consideraban una falta de respeto de Guerra. Doña Trinidad subrayó que ella nunca ha injuriado a ninguno de sus compañeros de partido y ni siquiera a sus adversarios. Contestó el Sr. Guerra que él no creía haber insultado a nadie, porque llamar señorita a una mujer soltera es una fórmula de tratamiento aceptable y apropiada; pero que estaba dispuesto a pedir disculpas si sus palabras habían molestado, y a decir “señora” o “lo que sea”. Doña Trinidad apostilló que “en el partido no hay ‘señoritos’ ni ‘señoritas’, sino ‘compañeros’ y ‘compañeras’. 

              No resulta difícil apreciar que todo el lío se basa en la interpretación de la palabra “señorita”. Más adelante registraré los significados que da el DRAE, pero antes quiero hacer notar el origen andaluz de los dos personajes, Guerra y Trinidad Jiménez, circunstancia importante para la correcta comprensión del pique y del consiguiente cruce de manifestaciones. También, recordar el peculiar estilo del Sr. Guerra en sus declaraciones, frecuentemente cargadas de dobles sentidos, salpicadas de sarcasmos e ironías, con un lenguaje cáustico, acerado, no exento de un sentido del humor muy personal, con el que logra a menudo caricaturizar y ridiculizar a personas y situaciones. Para ello posee numerosísimos recursos, claro está. En cambio, el discurso de Doña Trinidad es mucho más directo y desnudo de retórica, menos punzante, y su actitud menos belicosa, menos provocadora.

               Vayamos ya al diccionario de la Real Academia. De las varias acepciones que ofrece del término “señorito, a”, destaco estas, porque son las que vienen al caso: “ 2. m. y f. coloq. Amo, con respecto a los criados. 3. m. coloq. Joven acomodado y ocioso. 4. f. Término de cortesía que se aplica a la mujer soltera. 5. f. Tratamiento de cortesía que se da a maestras de escuela, profesoras, o también a otras muchas mujeres que desempeñan algún servicio, como secretarias, empleadas de la administración o del comercio, etc.”. Objetivamente, repito, objetivamente, de todos esos significados, el que más le acomoda a la candidata no elegida es el número 4, pues es una mujer no casada. Tal vez incluso el único. Aunque es posible corregir al Sr. Guerra, y así lo hicieron algunos periodistas, diciendo que lo habitual es el empleo del apellido y no del nombre. Debería haber dicho, pues, “Señorita Jiménez”, y no “Señorita Trini”. Si no me equivoco, es ahí donde reside el meollo de la cuestión y el motivo de la polémica. Esa es la clave. Porque la expresión “Señorita Trini” adquiere y evoca sentidos de los que carece el empleo del apellido. Sentidos preñados de intencionalidad, sin duda.
             
               Hasta hace poco, era normal en Andalucía que hubiera amos y criados, sobre todo en las zonas rurales como la mía. Cuidado, no digo “patronos” y “obreros”, que son denominaciones posteriores, introducidas por el discurso socialista, sindical, etc.; ni “empleados” y “empleadores”, “jefes” y “subordinados”…  En aquel contexto antiguo, los que contrataban (por decirlo de alguna manera) y mandaban en los operarios eran los “señoritos”, denominación genérica para el colectivo noble, que era el que gozaba de propiedades y necesitaba disponer de trabajadores. En mi pueblo, zona netamente latifundista, coincidían con la casta de los ricos terratenientes, que actuaban como caciques. La relación jerárquica entre los de arriba y los de abajo no distaba mucho de la que regía en la época feudal, de la que este sistema que describo era seguramente heredero. Los criados pertenecían casi en cuerpo y alma a sus amos, a sus “señoritos”. Si se trataba de criadas, la pertenencia corporal se aplicaba con todas sus consecuencias, cuando así le apetecía al señorito. En cuanto a la esposa del amo o a su madre, sus hermanas, etc., se les solía llamar “señoras”, más que “señoritas”, que de todos modos no quedaba excluido: esto es importante tenerlo en cuenta. A las hijas e hijos sí se les llamaba con el diminutivo. Por último, en todos los casos, el tratamiento de “señorito”, “señorita” o “señora” en boca de la gente popular (los criados) precedía al nombre, nunca al apellido. Quiero añadir que, no obstante, no quedaba excluida la fórmula, más general en el dominio español, “don” o “doña”, que se usaba para todas las personas adultas de reconocido relieve social, como médicos, abogados, etc. y también para los amos, aunque estos no tuvieran ni el graduado escolar.

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(*) Octubre de 2010



SEÑORITA TRINI (y II)

http://politica.elpais.com/politica/2015/09/17/
actualidad/1442491380_426064.html
Supongo que por ampliación y depreciación semántica, o bien por corrimiento metonímico hacia zonas colaterales, surgió el significado número 3, “joven acomodado y ocioso”, que ya es peyorativo. Donde vivo también se le dice a aquel o aquella ‘que gusta de que le sirvan‘, aunque carezca de posibles, y equivale a ‘comodón’. Igual que otro uso, no recogido por el DRAE, aplicado a las mujeres que, sin serlo, quieren parecer  señoras o señoritas  por su manera de vestir, de comportarse, etc. En él se aprecia una coloración claramente irónica. Equivale, como casi sinónima, a una formación léxica derivada, “señoritinga”, bastante ofensiva y llena de sarcasmo, que también empleamos mucho en Andalucía, aunque el DRAE lo recoge como general. Esta no la aplicó Guerra a su compañera  porque -digo yo- quizás habría perdido él la protección y el escudo que le daba la ambigüedad de “señorita”.  En síntesis, si yo le digo a una chica de mi tierra, con el tono apropiado, que es una “señorita”, he de esperar que se irrite, porque la estoy motejando de perezosa, o de creída, o de las dos cosas a la vez. Más todavía, le estoy insinuando que es una ricachona, explotadora, de la casta de los antiguos señores/as feudales, cacicona y cosas así, porque se trata del núcleo semántico fundamental que ha permanecido hoy del significado 2, que hace de la palabra un insulto. Y, por añadidura, tendré la coartada que me proporciona apelar al sentido más general del término "señorita", como mujer soltera.

               ¿Se comprende ahora que a Doña Trinidad, dado su rango, su filiación ideológica oficial, su autoimagen social, etc., le fastidiara la calificación que se buscó el Sr. Guerra? Desde luego, no podía haber cogido otra más cargada de pólvora y metralla, según es habitual en el prohombre sevillano; sobre todo, cuando, como en esta ocasión, se trata de reprender a quienes toma por adversarios, aquí los que aspiraban a ser vencedores y no han sido. Había que bajarles los humos, pensaría, a estos/as que, estando abajo, pretenden ascender de nuevo a la altura de la posición perdida. La Sra. Jiménez, ella al menos, captó el mensaje al completo, como no podía ser de otro modo, siendo del lugar. Recordemos lo que contestó: “En nuestro partido no hay ‘señoritos’ ni ‘señoritas’, sino compañeros y compañeras”. Frase que no se refería, evidentemente, a la condición de casados/as o solteros/as de sus conmilitones. Ahora se entiende lo que Guerra le dio a entender y ella entendió perfectamente.

               Termino con una suposición, una sospecha: creo que el Sr. Guerra disfrutaría de lo lindo al zaherir a su compañera, especialmente a ella, porque sabía que, como andaluza también, se haría cargo de la malévola intención, y porque estaba seguro de que su disparo daría en el centro de la diana. Y gozaría Don Alfonso, sobre todo, al sacar una vez más a relucir su imagen de descamisado por antonomasia, de maniquí de la pana, de dechado del look currante, de supuesta bestia negra de caciques déspotas y “señoritos” carcas. Lo nuevo es que esta vez le ha tocado a una socialista, justamente la respaldada como candidata por Zapatero. Los hay que no gastan pólvora en salvas.






lunes, 25 de enero de 2016

REPETICIONES (I)

               Vuelvo sobre el fenómeno de la repetición, que ya traté en un artículo anterior.  Su enorme importancia en el proceso de comunicación, por el extraordinario rendimiento que proporciona, lo merece.

               Distinguía en aquella breve y sencilla exposición varias clases de repetición, expresiva, métrica, didáctica y modal, dejando al margen la debida al descuido o la carencia de medios para evitarla, cuando así lo piden las circunstancias. Siendo diversas, las cuatro presentan un factor común: aparecen y resultan funcionales dentro de los límites del texto o, más aún, dentro del espacio de la oración. Ahora pretendo salir de ese contorno, ampliar la panorámica, y situar la repetición en el campo de la intertextualidad: “La intertextualidad es la relación que un texto (oral o escrito) mantiene con otros textos (orales o escritos), ya sean contemporáneos o históricos; el conjunto de textos con los que se vincula explícita o implícitamente un texto constituye un tipo especial de contexto, que influye tanto en la producción como en la comprensión del discurso”(*). Esa relación entre textos puede ser muy diversa, desde la ampliación al resumen, desde la cita a la influencia inconsciente y dispersa, desde la variación hasta el plagio.

http://www.freepik.es/fotos-vectores-gratis/profesor
              Precisamente es en el plagio donde voy a centrarme. En especial, en un tipo específico que llamaré “autoplagio”. Se da cuando una persona o un colectivo (partido, organización, institución, empresa…), actuando como emisor, oralmente o por escrito, dicen más o menos lo mismo que ya han dicho en otra u otras ocasiones. Será de carácter “total”, si la reiteración abarca contenido y forma, o sea, si expresa lo mismo con las mismas palabras; o “parcial”, si aparecen  algunas novedades, más o menos leves o marcadas. Naturalmente, se trata de una gradación entre extremos. Un rasgo esencial, propio del autoplagio, es su legitimidad frente al simple plagio, que entra dentro de los delitos comunicativos (sobre todo, de la comunicación literaria) y que aun las leyes del país condenan en determinadas condiciones. Generalmente, el autoplagio se sitúa en el ámbito de la propaganda, en el sentido más amplio del término.



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REPETICIONES (II)

             
             

https://raulzarrabal.wordpress.com/2010/05/28/
como-hacer-una-entrevista-periodistica/
               ¿Cuándo y por qué una persona o un grupo se deciden a copiarse a sí mismos y manifestar lo que ya han expresado una o muchas veces? Varios pueden ser los motivos; de ellos, voy a atender principalmente a dos: que el receptor (individual o colectivo) lo pida, para una mejor comprensión del mensaje o para sacarlo del olvido, o bien que el emisor juzgue conveniente volver sobre lo expuesto por alguna razón relacionada con la recepción en un determinado escenario. Por ejemplo, la pretensión de que el público fije en la memoria el mensaje al reiterarlo y llegue incluso a modificar la percepción de dicho mensaje obtenida antes de ser multiplicado. 
               Me estoy aproximando, no sé si se ve, al conocido principio seis, de los once que el “padre de la propaganda nazi”, Joseph Goebbels, estableció y aplicó; el llamado “principio de orquestación”. Reza así: “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. De aquí viene también la famosa frase: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad” (*). Está muy de actualidad hoy tal consigna en el mundo de la publicidad y también en el de la política, en donde los agentes de la comunicación parecen más orientados hacia objetivos propagandísticos, que informativos o incluso formativos.
http://www.cienciaonline.com/2010/01/29/
leer-por-hablar-dictar-apuntes/
               Se sabe que el postulado goebbelsiano funciona en bastantes momentos, da resultado. Ahora bien, según he podido observar (a ojo de buen cubero, claro está), su poder se debilita en algunas situaciones y queda como un recurso estéril, que puede llegar incluso a ser contraproducente. Mencionaré dos: cuando se encarna en un discurso pobre, del tipo de autoplagio total además, y/o cuando no se tiene en cuenta que ante un mismo público es bastante arriesgado repicar una y otra vez con la misma campana. Se está, entonces, a un paso de generar cansancio y llevar al oyente o lector hasta el hastío y el rechazo.
               Hay oradores en la política con capacidad para superar estos peligros, gracias a su habilidad y acierto en decir lo mismo de mil maneras diferentes. Otros, en cambio, reproducen continuamente y en todas partes el papelito que le mandan desde arriba, a veces sin poder levantar la vista de lo que contiene escrito. Me recuerda los apuntes milenarios de muchos profesores, con hojas que el tiempo ha teñido de color amarillento. Porque también los docentes andamos merodeando las arenas movedizas del autoplagio, de las que nos salva casi siempre la continua renovación del alumnado.

(*) http://www.culturizando.com/2013/04/los-11-principios-de-la-propaganda-nazi.html)

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REPETICIONES (III)

    
http://weblogs.upyd.es/guadarrama/2015/05/08/
comienzo-de-la-campana-electoral-en-guadarrama/
               Las campañas electorales o publicitarias constituyen la prueba del algodón en el asunto que analizamos. Los equipos de campaña diseñan un guión temático general (donde se incluyen, por ejemplo, los célebres argumentarios), que orienta mítines, ruedas de prensa, artículos de opinión, eslóganes, cartelería, cuñas de radio o televisión, etc. Dentro del plan va implícito el principio de orquestación y, por tanto, el continuo autoplagio. Dentro de la política, las acciones concretas que despliegan los candidatos y sus colaboradores ponen de manifiesto quiénes son mejores y peores en el arte de la elocuencia.
               Pero ¿cuál es el criterio de aceptabilidad y de plausibilidad de una repetición intertextual y, por ende, la base de calificación de los ejecutores? Para responder, conviene sentar antes una premisa: en este mecanismo comunicativo, como en tantos otros, siempre prima la opinión del receptor, que juzgará oportuna o inoportuna la repetición intertextual del propio discurso.  Antes mencioné dos tipos de situaciones de alto riesgo para la reiteración del discurso propio. Ahora añadiré que el destinatario suele reaccionar negativamente si no ve justificación alguna en el autoplagio (“Eso ya lo sabemos”, “Ya lo hemos entendido”, “Está más que claro”, “Siempre dice lo mismo”, etc.), hecho que es muy posible y bastante probable cuando dicho destinatario es siempre el mismo (como ocurre con los mensajes en televisión y radio: anuncios, entrevistas, debates o tertulias…). Ante ello, la mejor forma en que el emisor puede atajar este problema (al menos, la más usual) es camuflar, disfrazar el mensaje que se repite, haciendo que parezca nuevo, tal como se encarga de recoger el principio de orquestación: “… presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas…”. Triunfar en semejante tarea depende del saber hacer del autoplagiador, de su capacidad oratoria. En favor de quienes se dedican a la labor propagandística en todas sus modalidades, por vocación o por destino, diré que la retórica del autoplagio es un arte, y un arte bastante difícil, sobre todo si la sociedad está cada vez mejor formada como receptora de mensajes de todo tipo.
               La repetición de mensajes en las llamadas redes sociales es otra historia, que merece análisis aparte. La informática permite desde hace algunos años crear miles de falsos usuarios, llamados bots, que pueden realizar diversas tareas, entre ellas apoyar a un candidato, ensalzar las cualidades de un producto, etc., tantas veces como se haya dispuesto por quienes los controlan; también criticar, injuriar a los adversarios, acusar a la competencia, etc.

domingo, 17 de enero de 2016

DAR POR SUPUESTO (I)

               Uno de los ámbitos más sugestivos para el analista y el estudioso de la comunicación es el de la política, solo comparable al de la publicidad  -si es que son distintos-, por la cantidad de recursos, estrategias y procedimientos que moviliza, en busca de una imprescindible eficacia (dejo al margen la literatura, que va por otros derroteros). El que pretende que le compren una partida de jamones con dinero o le otorguen un sillón de diputado con votos no escatima en medios, pues se juega mucho. Me quiero fijar aquí en una táctica con la que los padres de la patria pretenden  -y consiguen con frecuencia-  persuadir  -si no convencer-  a sus hijos patriotas. Se basa en un mecanismo textual-comunicativo muy común y bastante fácil de manejar. Suele denominarse técnicamente “presuposición” o “implicatura” (son conceptos distintos, pero no entraré aquí en detalles); en la lengua general se le nombra con la palabra “suposición” o con la expresión “dar por supuesto” y otras. Acudiré a unos ejemplos:

                    “Ya ha llegado Norberto. Me ha venido un olor a caballo…”
                    “No os preocupéis por el aprobado, porque este año nos da Ciencias Don Manolo”
                    “Vengo deslumbrado. Por fin he conocido a Ana María. Felicidades, hermano”
                    “Aunque no tengas hambre, prepárate para rebañar los platos si vas a la casa de Juanma.   Incluso puede que te dé algo para la cena”.

En todas estas secuencias se da por supuesta una porción de información, que queda omitida. Pertenece a lo que el emisor y se piensa que el receptor ya saben acerca de lo que se habla y, en todo caso, es fácilmente deducible:  
                   Norberto anda siempre con caballos y puede que se asee poco
                   Don Manolo es lo que se llama “un mogollón” en el argot estudiantil
                   El “hermano” tiene una amiga o novia bellísima
                  Juanma suele presionar a sus invitados para que coman.

http://www.grupoinformador.com.mx/media/2013/08/36.jpg
               Siempre, sea cual sea el tipo de comunicación y de texto, callamos parte de la información que fluye, pensando que es  -o se supone que es-  conocida  y aceptada por los asistentes y muy fácil de inferir; de lo contrario, se caería en la redundancia. En el caso de los cuatro ejemplos, se trata de unas particularidades de los personajes nombrados, tomadas casi como inherentes a ellos y/o atribuidas sin discusión en el entorno. 


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DAR POR SUPUESTO (II)

               Cabe la posibilidad de que el emisor esté en lo cierto y esos individuos sean o se juzguen como sugiere; o, por el contrario, que sus insinuaciones no se correspondan con la realidad o no todo el mundo vea las cosas así. En ambos casos, lo que cuenta es la posición y reacción del receptor: a) no acepta lo que su interlocutor da por sentado calladamente, saca a la luz lo que ha presupuesto, le pide explicaciones o lo desmiente, denunciando su intención de engañar y descubriendo la trampa (o, en el mejor de los casos, le afea su ignorancia) ; b) conoce a las personas nombradas  -o su fama-  y admite sin problema lo que se da por supuesto en los enunciados; c) consciente o inconscientemente, toma como axioma indiscutible lo que insinúa el emisor e incluso lo incluye como información nueva en su acerbo. Repárese en que la aceptación como verdadera de dicha información presupuesta  es condición indispensable para la admisión de  lo expresado con palabras, tal como sucede en las situaciones (b) y (c), y que, por el contrario, la situación (a) debe valorarse como un fracaso comunicativo.
http://www.irreverendos.com/?p=7158
               En el discurso del político mitinero, el principio del principio es que el público llegue a captar y asumir los supuestos que sirven de base a sus argumentos para la petición del voto, imposibilitando o dificultando que ponga en tela de juicio dichos supuestos. Oigamos este consejo que da a un conocido un militante del partido SP (siglas de uno cualquiera):

                “Si vas al mitin del DB (otro partido), déjate en casa la cartera”. 

No cuesta apreciar el veneno que encierra la advertencia, donde se “informa” calladamente de que en ese partido ‘abundan los ladrones, como todo el mundo sabe’. Ya solo falta que un incauto ciudadano respalde esa acusación tan clara como bien tapada, que le lleguen mil mensajes similares, junto con la cita de algún que otro caso de corrupción, para que quede convencido de que los del DB son todos unos chorizos y mejor será votar al SP.
               En realidad, todo consiste en darle la vuelta, pervirtiéndolo, al mecanismo de la “presuposición” o “implicatura”, de esta manera: tratar una información como “implicada”, disfrazarla de indiscutida e indiscutible, hacerla parecer digna de aceptación a ciegas, vestirla de verdad lógica, científica o social, de dato obvio…, tan solo con dejarla sobreentendida en un contexto y pretender, así, que funcione como (falsa) “presuposición” o “implicatura”:

               "Rueda de prensa del Gobierno. Otra sarta de mentiras."
               "Ha salido de ministro pronto, no le habrá dado tiempo a llenarse la cartera."

Estas aseveraciones presuponen que

                El presidente del Gobierno es un mentiroso
               El ministro es un ladrón

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DAR POR SUPUESTO (y III)

               No de otro modo se crean y se afianzan tópicos y estereotipos, dogmas imaginarios, evidencias indemostradas, prejuicios de todo tipo, que tienen tanto influjo en el funcionamiento de los grupos y las sociedades.
               El juicio presupuesto está en clara desventaja respecto de las afirmaciones manifiestas, en relación con la posible evaluación de los receptores, simplemente porque permanece oculto. No es propuesto  por el emisor ni siquiera como tema de conversación, mucho menos como cuestión discutible o impugnable, y pasa desapercibido. Depende de que un receptor atento, documentado y atrevido lo eleve al plano de lo explícito y se resista a respaldarlo (situación a). Esta es una de las razones por las que la estratagema del orador avezado funciona bastante bien en la comunicación política, pues la mayor parte de los ciudadanos no sabe o no quiere o no tiene ocasión de desenmascarar a los que discursean en mítines, conceden entrevistas, redactan artículos de opinión  o participan en debates.               
               Así es, pero debería ser de otra manera. Tendríamos que tener un antídoto los que vamos a depositar el voto cada cuatro años y cada día somos sujetos pacientes de las medidas que adoptarán aquellos a quienes elegimos. Y no es otro que incrementar o no perder nunca nuestra capacidad de distanciamiento y crítica de las explicaciones y justificaciones del político, incluso  -quizás sobre todo-  de sus tácitos fundamentos.

domingo, 3 de enero de 2016

"... QUE TE CAGAS" (II)

               Hace unos días que se viene discutiendo sobre oraciones del tipo “Come que da gusto” en el seno de un grupo virtual de filólogos al que pertenezco (“Sintaxis, por Alfonso Ruiz de Aguirre”, Facebook). Concretamente, son dos las cuestiones que se tratan: la posible elipsis de una fórmula ponderativa con la palabra “tan/ tanto” (“Come [tan bien/tanto,] que da gusto”), por considerarse innecesaria en la mayor parte de los contextos; el otro aspecto es la función sintáctica del complemento , con o sin elipsis “[tan bien/tanto] que da gusto”, que la mayoría considera circunstancial de modo.
               Me interesa  aquí pararme, sobre todo, en el hecho de la elipsis. En general, podemos distinguir entre la elipsis esporádica, de origen contextual (“Mi amigo está muy triste, [mi amigo] el pobre viene de enterrar a su padre”, donde se omite el segundo “mi amigo” porque se sobreentiende) y la elipsis permanente, más o menos indiferente al contexto (“Se acercó al [hombre] chino y le habló al oído”). En relación con esta segunda modalidad, se suele afirmar que la palabra que se mantiene asume el significado de la elidida, de modo que ocurre un verdadero cambio semántico por contigüidad (y morfosintáctico), igual que en “[cigarro] puro”, “[vino] tinto”, “[coche] todoterreno”, “[llamada] perdida”, etc.
               Existen construcciones en castellano que admiten ser analizadas a la luz del principio que acabo de exponer. De una de ellas es muestra la oración de nuestro grupo filológico, “Come que da gusto” y otras parecidas, como “Viene que se come el mundo”, ”Habla que es una maravilla”, etc., en las que el verbo tiene carácter predicativo. Si no me equivoco, abundan en cambio en nuestra lengua las del verbo copulativo “estar”. Así, “El jefe está que se sube por las paredes”, “La cosa está que arde”, “El protagonista está que se sale [por los bordes]”  y otras muchas. Desde mi punto de vista, suceden varios fenómenos en estas oraciones:  1) no hay valoración cualitativa o cuantitativa explícita con “tan/tanto, 2) la secuencia iniciada con “que” (casi siempre de valor metafórico) sufre una mutación por incorporación del significado del elemento supuestamente desaparecido, 3) la función sintáctica de dicho elemento es la de atributo y el verbo “está” es copulativo.
               La elipsis que sugiero en (1) tiene carácter permanente y resulta de tal naturaleza, que, si quisiéramos reponer el texto supuestamente desaparecido, no solo podríamos tener dificultad para precisarlo, sino que, de hallarlo, resultaría una construcción redundante (similar al semánticamente sobrecargado “cigarro puro”), según se deduce de (2); porque, en efecto, secuencias como “que trina”, “que echa chispas” y las demás que cito a continuación, ya poseen en sí mismas el significado del sintagma al que sustituyen: “tan enfadado” o “tan nervioso”, por ejemplo. Veámoslo en estas oraciones: “La situación está que pega tiros”, “Estoy que pellizco los cristales”, “El alcalde está que pega bocados, … que trina, … que echa chispas, … que le sopla a la ensalada, … que echa humo, …que muerde, …que revienta, … que pega botes”, etc. ¿Es necesario decir “Estoy tan nervioso que pellizco los cristales” sin que parezca que sobra hacer explícitos mi “irritación” o mi “nerviosismo”? Parece que no. Y no solo eso: como ocurre cuando uno cuenta un chiste y luego lo explica, aquí la acción tan violenta como inútil (y, por tanto, cómica) de intentar pellizcar los cristales pierde mucha de su fuerza expresiva.
               Por último, se oye frecuentísimamente en la lengua coloquial la expresión "que te cagas", para encarecer cualidades sobre todo positivas: "La comida está que te cagas", "Metió un golazo que te cagas", "Tengo un hambre que te cagas" (con las personas y los tiempos verbales inmovilizados). Creo que es una secuencia inamovible, fija, no construida, que ejemplariza mejor que otras el análisis que he realizado en los párrafos anteriores, Así se aprecia en esta definición del diccionario académico, que la cataloga como "locución adjetiva", eso sí, "malsonante, coloquial": "que te cagas: 1. Loc. adj., malson., coloq. Esp. Muy bueno, excelente. Un coche que te cagas."