Se van ustedes a asombrar de cuál ha sido el grueso de
las lecturas que me he dedicado a hacer este verano: investigaciones y estudios
sobre la lengua de los políticos, mejor dicho, sobre el uso de la lengua por
parte de los políticos. Como ven, un tema muy poco playero, bastante seco, en
cambio, y adusto.
En concreto, ha sido un conjunto de análisis basados en
los tres tipos de interacciones en los que nuestros representantes participan
con más frecuencia cuando están en campaña: entrevistas, mítines y debates
electorales. Uno de los aspectos en que mayormente inciden este tipo de
trabajos es el que se denomina la cortesía.
En su acepción técnica dentro del ámbito de la comunicación, se trata del
empleo de una serie de mecanismos discursivos encaminados a salvaguardar la
imagen pública del receptor y emisor, o bien a mejorarla; también, a respetar
su independencia o autonomía. Así, por ejemplo, el manejo adecuado de las
fórmulas de tratamiento, como el «usted» y el «tú».
Lo que ocurre es que, en el trato que los políticos se
dan unos a otros, si son adversarios, lo que más abunda no es precisamente la cortesía, sino lo opuesto, denominado,
como era de esperar, descortesía.
Dicho a lo bestia, consiste en «machacar al otro», o sea,
criticar sus programas, sus acciones como gobierno u oposición, negarle la más
mínima capacidad, destruir su credibilidad, asignarle los más graves pecados y
más gruesos errores, etc. «En estos eventos discursivos ―afirma uno de los autores leídos―, el interlocutor se convierte en un adversario al que
hay que vencer por cualquier medio; casi todo vale con tal de cumplir el
objetivo de desmerecer su imagen pública a ojos de la audiencia».
Tiene cierta lógica, a este respecto, que la
investigación se aplique más al desmenuzamiento de las técnicas descorteses que a la descripción de las corteses. Véanse los títulos de algunas
de las publicaciones que han pasado por mis manos, muy elocuentes: «Parámetros para el análisis de
la descortesía en el debate electoral», «Estrategias funcionales para el
ataque descortés en el debate cara a cara», «(Des)cortesía y pugna dialéctica
en el debate político-electoral», «El menosprecio y
la burla como armas de ataque en el debate electoral. Caracterización funcional
y configuración discursiva», etc., etc. Tiene cierta lógica, a este respecto,
que la investigación se aplique más al desmenuzamiento de las técnicas descorteses que al la descripción de las
propias de la cortesía.
Entre otras conclusiones, he creído deducir de mis
lecturas que la más excelsa cualidad de un político consiste en desenvolverse
con soltura y sagacidad en el terreno de la descortesía,
manejando las dos armas esenciales que para ella se emplean: el ataque y la defensa;
la mayor virtud y, se sobreentiende también, la más extensa dedicación en
términos de horario laboral. En una de las publicaciones se relacionan y
clasifican hasta dieciséis estrategias para la descortesía, que, una vez identificadas y mostradas ―con una intención inicialmente descriptiva, es verdad―, están a disposición del diputado, senador, ministro,
secretario general o simple militante cuando se presta a debatir con alguien del
partido de enfrente. Transcribo algunas: «Afirmar que
carece de credibilidad», «Acusarlo de
mentir», «Acusarlo de ocultar la verdad o esconder intenciones
aviesas», «Tacharlo de contradictorio o incoherente, poner de
relieve sus contradicciones o incoherencias».
Anoto, por último, un curioso «corolario» extraído por otro de los autores, que en
principio podría parecer chocante: «la actuación de los políticos no podría
interpretarse como descortés, dado que es el comportamiento esperable en estas
circunstancias; tan esperable como el que, en el mismo sentido, realizará el
rival cuando llegue su turno». Yo lo
diría de otra manera: a los políticos les resbala como un niño por el tobogán
todo lo que le digan los contrincantes, les da igual, no se ofenden, forma
parte de su quehacer diario; son como el otro que dice: «Predíqueme, padre, que por un oído me entra y por el otro
me sale». El discurso descortés puede
que se asemeje, por eso, a un lenguaje vacío en ese contexto de la política,
con muy poco valor ya provocador o destructivo. Suelo ver la retransmisión de
las sesiones semanales de «control al
gobierno» en el parlamento, donde unos y otros se obsequian con las más delicadas
y encantadoras lindezas, sin que nadie, por ello, se inmute.
Entonces, me pregunto, si la acción descortés no cumple su cometido, ¿para qué todos esos debates tan
broncos, todos esos enfrentamientos tan encarnizados, todos esos mítines tan
encendidos… donde los rivales, situados en un nivel ínfimo, el más sucio e indecoroso,
de comunicabilidad, parece que van a comerse vivos? Creo que, según lo dicho,
es puro teatro donde los actores representan un guión para justificar el sueldo
más que generoso y, de camino, tratar de enardecer a las masas y no perder
partidarios ni votantes.
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